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La muerte golpeará con su bieldo

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«La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del faraón»

A causa de nuestro imaginario colectivo, cuando oímos hablar de momias, rápidamente nos viene a la memoria el antiguo Egipto: sus pirámides, los jeroglíficos, las siniestras cámara mortuorias, los pintorescos ritos funerarios asociados a los faraones y, claro está, las maldiciones. Sin embargo, pocos saben que la palabra momia proviene del término árabe mummuy y va asociada a la conservación de cadáveres mediante betún, una práctica común en la antigua Siria y que se ha utilizado a lo largo de la historia no siempre con fines puramente rituales. Tengamos en cuenta que las momias egipcias fueron objeto de fraude ya desde tiempos inmemoriales y muchos aviesos embalsamadores llegaron a confeccionar momias muy conseguidas a partir de cadáveres de dudosa procedencia. Estas prácticas se remontan a la Europa del siglo XVI e incluso mucho antes. Tengan en cuenta que incluso en la Edad Media ya se utilizaba polvo de momia para curar heridas y preparar ungüentos. El halo de misterio que rodea a la momia egipcia llegó a lugares como el Reino Unido a través de las crónicas periodísticas de comienzos del siglo XX que relataban los magníficos hallazgos de los arqueólogos y crearon de inmediato, especialmente entre las clases altas, una auténtica fiebre egiptológica. Pero la pasión de la burguesía decadente por los exóticos rituales y las primeras exposiciones de momias, ataúdes o elementos de cámaras mortuorias podían causar cierto arrobo y fascinación, sin embargo, esta fiebre pronto se convirtió en alarma social. El punto de inflexión fue el descubrimiento de la tumba del faraón Tutankamón.

Howard Carter, lord Carnarvon y su equipo cruzaron el umbral de la famosa tumba en noviembre de 1922 y, desde entonces, no pararon de desencadenarse una serie de nefastos acontecimientos. Algunos escritores aseguraron que, al penetrar en la antecámara, un fragmento de arcilla lucía la siguiente frase escrita: «La muerte golpeará con su bieldo a aquel que turbe el reposo del faraón». Claro que también hubo quién lo desmintió por completo y relacionó esa y otras consideraciones con la superchería y la literatura que se asociaron al gran descubrimiento. Cinco meses más tarde, lord Carnarvon murió a los cincuenta y siete años a causa de la picadura de un mosquito que degeneró en septicemia. En los meses siguientes de 1923, otras personas relacionadas con el descubrimiento tuvieron idéntica suerte. Aubrey Herbert, hermanastro de Carnarvon, falleció de una peritonitis; Richard Bethell, que ayudó a Carver a clasificar el tesoro, se suicidó y así más de una docena de personas relacionadas directa o indirectamente con los hechos perdieron la vida. Esto, comprenderán, desató el interés de la prensa sensacionalista y el filón generó una literatura oportunista que se sumó a la de los pioneros del (subgénero) fanterrorífico de las maldiciones egipcias, que ya contaba con obras excepcionales como El anillo de Thoht (The Ring of Thot, 1890), de Arthur Conan Doyle; La momia misteriosa (The Mysterious Mummuy, 1903), de Sax Rohmer; o Reyes muertos (Dead Kings, 1914), de Rudyard Kipling. Después de las extrañas muertes relacionadas con el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, aparecieron otras obras como la joya gótica La maldición de Amen-Ra (The Curse of Amen-Ra, 1932), de Victor Rosseau; El hombre de la calle Crescent Terrace (The Man in Crescent Terrace, 1949), de Seabury Quin; o La maldición de la tumba de la momia (The Curse of the Mummys´s Tomb, 1966), de John Burke. Cabe decir que ustedes pueden hallar una estimable recopilación de la temática de las maldiciones egipcias en el espléndido libro de la colección Valdemar Gótica  La maldición de la momia. Relatos de horror sobre el antiguo Egipto, edición de Antonio José Navarro (Valdemar. 2006).

Si bien era pertinente este apunte relacionado con las momias egipcias, debo advertir que el libro de relatos que tienen entre las manos se aleja pretendidamente de las maldiciones de las riberas del Nilo y su mitología para explorar nuevos caminos narrativos. Nuestra idea es aventurarnos en el territorio de las momias y los embalsamados desde otras perspectivas. Pero, antes de desvelar su contenido, déjenme confesarles algo. Este libro, que inagura la Colección Caronte de la Editorial Hermenaute, no es en absoluto azaroso. La fascinación del que les escribe y coordina esta antología por las momias y los rituales funerarios de la antiguedad, en todas sus expresiones y a lo largo de diferentes culturas, bien merece una reflexión.

Ver un vampiro o un hombre lobo no es ni fácil ni probable. En cambio, si uno se da un paseo (retornando a Egipto) por el British Museum, el Museo Egipcio de Turín, el Museo de Bellas Artes de Lyon o el Museo Egipcio de Barcelona, podrá acercarse a los restos de un templo, admirar un fragmento del Libro de los muertos o ver una momia real o vasijas de evisceración; pese a los miles de años transcurridos, esa proximidad hace de las momias y sus ritos algo físico en lo que proyectar la imaginación. Eso es lo que convierte a las momias en algo tan sugestivo, un legado que nos invita a reflexionar sobre los límites de la muerte, que nos muestra un universo arqueológico único y nos concede una imaginería colectiva presente en muchos museos de Europa.

Dicho esto, en esta antología nuestro propósito es crear historias a partir de todos estos retazos sin caer en el purismo histórico, en la tradición más ortodoxa del relato de momias o en la obcecación científica o arqueológica. La momias han tenido presencia en las culturas china, mesopotámica y mesoamericana. Hay momias y cuerpos incorruptos en templos cristianos de toda Europa: el cuerpo expuesto de san Zenón en la iglesia del mismo nombre en Verona, los bebés momificados en las bóvedas de ciertas catedrales castellanas y los miles de cadáveres sin descomponer en lugares tan siniestros y singulares como las catacumbas de los Capuchinos en Palermo. Hay embalsamadores de pueblo y auténticos ladrones de cadáveres; la presencia de los cuerpos incorruptos son un elemento amedrentador y fascinante muy transversal. En el cine, amén de la momia estereotipada creada por Karl Freund con el rostro ajado de Boris Karloff, hemos visto a momias indias luchar contra Elvis (Bubba Ho-tep, 2002, Don Coscarelli) o momias femeninas japonesas cuya maldición se viste de seductora pesadilla a la luz del día (Loft, 2005, Kiyoshi Kurasawa). Ideas que van de lo bizarro a lo inquietantemente poético. Estamos en el territorio del pulp y del horror, de la sugestión.

Hemos tratado de construir relatos entretenidos que nos ayuden a reflexionar sobre el mito y, si es posible, a relanzarlo con un nuevo enfoque, alejándonos pretendidamente de las maldiciones del antiguo Egipto. Para ello, nos hemos reunido siete escritores relacionados con el género del horror, la fantasía y la ciencia ficción, y con absoluta libertad creativa, nos hemos propuesto diversas aproximaciones alternativas a la temática.

Víctor Blanco propone con El Señor de la nada un paseo infernal por el desierto de Atacama, rico en misterios, de la mano de unos exploradores españoles en plena época de la conquista de las Indias.

Daniel P. Espinosa, con Cuerpo de niña, nos sitúa en un mundo distópico y cyberpunk, poblado por seres adictos a extraños rituales tecnológicos, y se centra en la figura de un embalsamador y su peculiar relación con una niña. Jesús Gordillo en En el nombre del musgo nos traslada a una persecución entre bandoleros por tierras leonesas. La aparición de un extraño ser de brazos inertes y una misteriosa taberna son las claves de este relato fresco y descarado. Luis Guallar en Papel maché nos relata la odisea de un joven que entra a trabajar en una terrorífica atracción de feria en un parque lúdico de Long Beach. Jorge P. López nos propone un thriller angustiante con un paciente amnésico que se enfrenta al psicoanálisis de un siniestro doctor. Guillermo Tato en Retorno a Duat nos habla de un periodista obsesionado por un asesino en serie cuyas pesquisas le llevan al extraño subsuelo de la ciudad, plagado de monjes extraños, y un servidor en Expedición Newton-Jenney perfila en clave western-horror la odisea de un accidentado ascenso a las Black Hills de Dakota del Sur, en busca de un gigante amortajado.

Poco más que añadir, esperamos sugestionarles, robarles algún escalofrío y entretenerles tanto como sea posible. Disfruten de la propuesta y piensen que ustedes mismos son susceptibles de convertirse en momias o embalsamados si es que no existe ya un cadáver incorrupto tras algún tabique en su hogares.

[Este texto forma parte del primer libro de Hermeneut, de reciente aparición, Momias y embalsamados]

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