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De la parte equivocada [Por Jean-Marc Mandosio]

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Piergiorgio Bellocchio nació en Piacenza, en el norte de Ita­lia, en 1931. Fundador en 1962 de una importante revista polí­tico-cultural, Quaderni piacentini (Los «Cuadernos de Piacen­za»), abandonó su dirección a comienzos de los años ochenta, al constatar que ya había «cumplido su función». En 1985 creó, junto a su amigo Alfonso Berardinelli, una revista titulada Dia­rio, en el sentido de una recopilación de notas tomadas en el día a día, y cuya gestación explicaba así:

Una vez concluida la experiencia de los Quaderni piacentini, que me ha­bía absorbido durante prácticamente veinte años (1962-1980), me sentí tentado por la idea de dirigirme a un público más amplio e indiferencia­do. Colaboré entonces con diversas publicaciones […]. No podría haber encontrado mejor confirmación a lo que ya sabía de manera abstrac­ta: cualquier cosa que escribas se homogeneiza con el contexto y pierde todo su significado. Jamás me había sentido tan solo e inútil como cuan­do tenía un público potencial de cientos de miles de lectores. De ahí la necesidad de crear un instrumento de comunicación libre de todo con­dicionamiento, al margen del revuelo causado por la cháchara cultural, de la publicidad, de las especializaciones artificiales. Una revista nece­sariamente pobre, que saliera cuando tuviera algo que decir, que no de­biera nada a nadie, totalmente autogestionada. Diario no ha tenido más pretensión que ser un lugar donde las palabras no pierdan su significa­do, donde lo que se escribe se tome al pie de la letra. Una revista que no es propiamente hablando una revista, sino más bien una suerte de folletín escrito por dos autores: Berardinelli y yo. Al volver a hablar a un puñado de lectores, que prácticamente había que buscar uno a uno, me convencí de que todo cuanto escribía recobraba el sentido y la eficacia […]. Cuando la revista comenzó su vida casi clandestina, yo creía haber tocado el fon­do del pesimismo: basta con decir que antes de optar por el título Diario, había pensado en llamarla Antes de quemar.

Las dos series de textos que hemos titulado «Limitar el desho­nor» y «Somos ceros satisfechos» proceden a su vez de varias antologías en las que Bellocchio ha recogido sus artículos, no­tas y fragmentos cuya redacción se extiende a lo largo de varias décadas4. Su inclinación por una escritura basada en fragmen­tos traduce la voluntad de ceñirse a lo esencial, sin envoltorios superfluos:

¿Por qué este libro misceláneo? Porque yo no sería capaz de escribir un libro orgánico, que tratara un solo tema. Y, además, no creo mucho en los libros programados. Nueve de cada diez novelas son relatos estirados e hinchados, y con la mayor parte de los ensayos sucede lo mismo. Fingiendo que se desarrolla o se profundiza en tal o cual aspecto, se añade contorno tras contorno y se termina por perder, entre purés y ensaladas, ese poco de sustancia que podía albergar…

Confío más en las antologías. Mejor que el artículo, la nota y el frag­mento continúen siendo lo que son, en lugar de convertirlos en un bati­burrillo homogéneo, de aspecto apetitoso pero insípido. Es cierto que no todo lo que es natural es bueno, y no todo lo que es sincero es interesan­te. Ni todo aquello que ya se ha dicho merece la pena ser repetido. Pero si los fragmentos aislados son buenos (y resulta más sencillo que así sea cuando se escribe de vez en cuando, según lo dicte la necesidad, la inspi­ración o la ocasión, y no porque se quiera escribir un libro), la suma de to­dos ellos no tendría por qué quedarVista previa (se abre en una ventana nueva) mal5.

Nosotros, sin embargo, no hemos seguido los principios de Be­llocchio para el orden de los fragmentos: él prefiere disponerlos de forma arbitraria, por orden cronológico o alfabético, mien­tras que a nosotros nos ha parecido más apropiado presentar­los, en el marco de esta selección, según cierta secuencia lógi­ca o narrativa.

La práctica totalidad de los textos recogidos tienen como punto de partida una experiencia vivida o una observación per­sonal. Todas giran alrededor de una misma pregunta: ¿cómo es posible que las esperanzas de ayer se hayan «vaciado vertigino­samente», casi de la noche a la mañana, como para que la única actitud digna en medio de este desastre, para aquellos que no se resignan a capitular, sea tratar de «limitar el deshonor»?

Limitar el deshonor significa en primer lugar negarse a la exhibición y autopromoción que se espera ahora de los intelec­tuales; no aspirar a ocupar un lugar en los juegos de roles me­diáticos, no aceptar dejarse etiquetar. De hecho, Bellocchio es un personaje que no puede ser más discreto; como subraya el crítico Matteo Marchesini, ha elegido exponerse «al riesgo que más aterroriza a todo intelectual moderno»: el de no tener pú­blico, el de «no contar para nada». Esta discreción la justifica de forma irónica en una de sus máximas: «Calla, el enemigo no es­cucha».

Otro crítico, Filippo La Porta, ha definido a Bellocchio como un «moralista capaz de ver la realidad con los mismos ojos y la misma riqueza de imaginación que los grandes nove­listas de antaño»; un moralista intempestivo, cuyo discurso se sitúa «a mil leguas de las “ideas dominantes”, incluidas las de la izquierda». Sin duda, su trayectoria personal ha tenido algo que ver, añade Marchesini: Bellocchio creció en una familia de «la burguesía acomodada de provincias», pertenecía a «una ge­neración a caballo entre dos épocas», alimentándose con la lec­tura de «textos fundamentales del marxismo herético», sobre todo los de la Escuela de Fráncfort, pero también de Orwell, Si­mone Weil, Kierkegaard o Tolstói, autores que publicó en las páginas de Diario. En efecto, «el marco sociológico no determi­na nada por sí solo; y, con todo, no se puede evitar pensar que ha constituido un terreno favorable» para dar a Bellocchio esa sensibilidad que le permite descubrir en «la cotidianeidad apa­rentemente más obvia e invisible, banalizada por la mentalidad vigente», el «síntoma de un proceso histórico y social». No so­bre la base de una teoría prestablecida que trataría de corrobo­rar —como, por escoger un ejemplo que ya se ha vuelto clásico, en las Mythologies de Roland Barthes—, sino partiendo de «un gusto, de un sentimiento capaz de separar de forma espontánea la paja del trigo», «lo verdadero de lo falso», y cuyo secreto en gran parte se ha perdido.

Este secreto es igualmente el del estilo. A Bellocchio le gusta decir que él «jamás ha publicado nada que no pudiera leer todo el mundo»; sus reflexiones no son por ello menos sutiles, dia­lécticas, tan alejadas de los esquematismos binarios como de la pseudocomplejidad de la verborrea universitaria con sus «in­yecciones masivas de postestructuralismo francés y de neo-heideggerianismo, de bestsellers y de delirios comparatistas». Nada más opuesto a Bellocchio que la charlatanería de oropel de Umberto Eco, cuyo El nombre de la rosa se pone en ridículo en un divertido diálogo sobre la «Sopa medieval9».

La «desconfianza incurable y desengañada» de Bellocchio asume de buen grado un tono nostálgico. Algo que se le ha re­prochado a menudo, como señala La Porta:

La nostalgia representa el sentimiento más difamado, el más intolerable para gran parte de los representantes de la cultura actual, no sólo por­que implica un estado de ánimo pasivo, debilitante, sino porque supone en todo caso un vínculo con el pasado, con las potencialidades que conte­nía el pasado y que no se han realizado, con las promesas incumplidas. Es como si se quisiera eliminar toda relación entre la emotividad (o deseo) y el pensamiento; este último avanza por sí mismo, automáticamente (bas­ta con encender el ordenador, basta con poner en marcha el coche…). La página incriminada es aquella en la que el autor declara, de forma deses­perada, paradójica, que quiere salvar hasta «un horror como el Altar de la Patria», porque está convencido de que, en todo caso, sería sustituido por algo mucho peor (un supermercado, un mega-parking, un estadio de fútbol). Aquí, su desolada e incurable desconfianza hacia lo Nuevo le lle­va al punto de querer conservar hasta las cosas más impresentables de lo Antiguo. Bellocchio podría mostrarse mucho más razonable, mucho más actualizado respecto al debate que existe en el mundo del urbanismo, y probablemente pase por alto la utilidad social de un parking subterráneo, pero de esta manera su reflexión, amén de ser más equilibrada, perdería bastante fuerza, sería neutralizada.

La cuestión no es saber si la nostalgia es buena o mala en sí mis­ma, sino «lo que se hace con un sentimiento de este tipo». O, como prosigue La Porta,

la relación con el pasado es más importante, más útil a una voluntad revo­lucionaria, que cualquier utopía «ultravioleta» (por retomar la expresión de Ernst Bloch), y que cualquier proyecto de renovación integral abstrac­ta. […] La nostalgia del individuo puede ser la única brújula, por minúscu­la que sea, capaz de orientarnos en el presente.

Esta inclinación nostálgica no desemboca, contrariamente a lo que podría dar a entender una lectura superficial, en una ado­ración estéril del pasado. Le permite a Bellocchio emitir juicios sobre el mundo contemporáneo con extremada distancia críti­ca: el ensayo sobre los aviones, Los dones de Arimán, es el mayor ejemplo de ello.

Otra reacción característica es la acogida que le deparó, des­de su aparición en 1982, al texto titulado Reflexiones en voz alta sobre el terrorismo y el poder, que «decepcionó y dejó descon­tento» un poco a todo el mundo: «demasiado ético y demasiado poco político, demasiado moderado para los más extremistas, demasiado extremista para los más moderados…».

De manera más general, la propia actitud de Bellocchio, la imposibilidad de situar y hacer entrar los textos que escribe en una categoría bien definida (¿Literatura? ¿Ensayo? ¿Crítica li­teraria, cinematográfica, cultural, social? ¿Autobiografía?), es posible que «decepcione y deje descontentos» a los creadores de opinión y a los aprendices de productos prefabricados y de provocaciones escandalosas.


[Prólogo a Nous sommes des zéros satisfaits, Éditions de l’Encyclopédie des Nuisances (2011) incluido en De la parte equivocada. Limitar el deshonor (Vol.I)]

De la parte equivocada. Limitar el deshonor (Vol.I) está disponible en la generosa red de librerías con que las que trabajamos. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, pregúntanos: librerantes@librerantes.com

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