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La verdad sobre el caso Segarra: la urgencia de la crónica

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Un delincuente con delitos graves de estafa a sus espaldas sigue los textos por internet de un colaborador de fronterad. Es escritor y poeta. Tiene además una cuarta profesión, esta vez honorable: es propietario y cocinero de un restaurante en Phnom Penh, capital de Camboya. El delincuente se presenta, pavoneándose, en el local, quizá provocando para que ese periodista escriba sobre él. De hecho, le cuenta que es un seguidor habitual de sus artículos. Y es así como se inicia una cierta relación con la fuente a lo largo de meses, una fuente de la que podría manar, si se detectan y separan los alardes y los autoengaños de los datos fidedignos, un reportaje más que interesante.

Ocurre que en un momento determinado las cosas se tuercen y el estafador se convierte en el sospechoso de un macabro y cruento asesinato, en una de las personas más buscadas en el sudeste asiático, además de en una estrella mediática. El que lo encuentra, el que consigue entrevistarlo, es nuestro cocinero. Que estas casualidades se den parecen propias de una novela de Paul Auster; no en vano su gusto por las causalidades surge de las que se dan en la realidad, una maraña compleja de interacciones inabarcables que, sin duda, y así lo demuestra este libro, supera con creces a la ficción.

Ante de pasar a hablar sobre el libro La verdad sobre el caso Segarra me parece interesante situarlo dentro de la carrera del autor, Joaquín Campos. Les sugiero que hagan una prueba si tienen tiempo y ganas. Sigan durante unas semanas los trabajos de los corresponsales en los países de Extremo Oriente. Los habituales de la radio, la televisión y los diarios. Y algún blog conocido. Luego pongan aparte a Campos con sus artículos y reportajes en fronterad, por ejemplo. Es un curioso ejercicio que, como suele decirse, habla por sí solo. Alguien que se dedica en principio a otras cuestiones y entra en el periodismo por tenacidad y pura vocación y entusiasmo por la escritura ofrece en un puñado de sus textos una visión más ecuánime y amplia que esos corresponsales… en varios años. Créanme, no es una exageración, en absoluto. Ahí están los textos de todos y las intervenciones en radio y televisión. Los artículos de Camos, además, y por si esto fuera poco, para redondear el conocimiento de este estado de las cosas, difícilmente encontrarían sitio en los medios de comunicación convencionales. Demasiado crudos y realistas. Demasiados datos. ¡Hasta contraste de fuentes!¡Por Dios, hasta fuentes! Nada de ruedas de prensa. Nada de congresos o convenciones. Nada de setecientos periodistas en alegre comandita detrás del preboste de turno. Ese trabajo bien hecho, y sencillamente artesanal, no tiene cabida en aquellos lugares que supuestamente deberían concedérsela. Hablamos de periodismo español, ese que inicia los informativos ahora que queda nada para el verano con los niños ahogados en las piscinas y los consejos para no pasar calor. Recuerden: beber mucha agua, ir por la sombra y no hacer deporte durante las horas centrales del día.

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Joaquín Campos combatiendo el calor asiático de la mejor manera que se puede

Calor, mucho calor, es el que pasa Campos en sus diversas peripecias por Tailandia para entrevistar a Artur Segarra, principal sospechoso de asesinar y descuartizar, después de torturar, al empresario David Bernat en Tailandia. Curiosamente, un caso tan importante no cuenta con un solo periodista de «carrera» detrás. Mediante conversaciones con el posible autor del crimen, su exnovia y todos aquellos del entorno que se prestaron a charlar, el autor va reconstruyendo un rompecabezas de múltiples posibilidades, un cubo de Rubik del asesinato donde todos parecen mentir y mentirse tanto como mostrarse como libros abiertos. Campos presenta las indagaciones, datos y conversaciones que no pueden representar de ninguna manera algo tan complicado y móvil como la Verdad, pero sí una composición periodística que recupera las viejas crónicas trasladadas ahora al papel.

Y es que no hay que buscar en La verdad sobre el caso Segarra una larga y costosa investigación, sólo posible con medios, dinero y mucho, mucho tiempo, sino una adaptación de ese género, la crónica, a un libro. Campos se pone a escribir frenéticamente casi desde el mismo instante en el que se produce el asesinato y termina aproximadamente en el pasado mes de abril. Lo que está en el libro es… lo que debería estar y no está en los diarios. Numerosos autores afirman que en esta época de clicks, redes sociales y noticias facilonas, el verdadero periodismo se encuentra cada vez más en los libros. Es este caso. Periodismo tradicional en un formato de largo aliento sin perder las formas canónicas. No sólo nos referimos a esa mezcla de narración y opinión de la crónica, sino a la claridad y concisión que evita alardes innecesarios para presentar al lector unos hechos que se están produciendo casi en el momento justo de su escritura. La velocidad del periodismo se sirve en un plato más copioso pero de excelente digestión. La urgencia de la crónica junto al propósito de esclarecer los hechos con las herramientas del reportero.

Y es gracias a las posibilidades de la crónica que el libro muestra su cara más interesante, la de introducir el caso criminal en un contexto, el de países como Tailandia o Camboya, donde nos encontramos a diplomáticos españoles que dejan bastante que desear, burocracias kafkianas, policías ineficaces, turismo sexual o diversas características de estos parajes que no aparecen precisamente en las guías turísticas ni en los documentales de Españoles por el Mundo, que por cierto así se titula un episodio con intención irónica.

La verdad sobre el caso Segarra refleja la imposibilidad de alcanzar la Verdad salvo como un juego de perspectivas, descarte de declaraciones, atención a las insinuaciones o preguntas la mayor parte de las veces sin respuestas sobre los agujeros del caso, que sigue abierto, por lo que esperamos que este libro se complete bien con otra crónica ampliada o con artículos en el blog del autor. Desde luego, no esperamos nada semejante en los diarios, radios y televisiones.

Por último, recuerden no hacer deporte a las horas centrales del día, que les puede dar un torosón.

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