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Las muñecas y los coches

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Las vi al pasar. De niña tenía muchas; a mí me gustaba más el Scalextric que tenían mis primos. Creo que casi cada año, el regalo de Reyes eran muñecas, nunca unos coches que corrían en un circuito con mando a distancia. También me gustaban los trenes eléctricos aunque no hicieran nada más que dar vueltas en círculo, igual que aquellos coches.

Y otra muñeca.

No digo que no jugara con ellas. Pero no conservo ninguna y no me importa. Recuerdo a «Grasitas». Sé que era la más real, la que más se parecía entonces a una pequeña. Estaba rellenita, no como esas muñecas que vi en la acera y que son modelos esbeltas, sin mofletes. Estaban tiradas en la calle, desnudas, al lado de una maleta abierta de la que asomaba algo de tela. Trasmitían una sensación de abandono terrible. Pasé de largo sin dejar de reparar en ellas.

No, no iba a volver y llevármelas como si fuera un rescate, pensé. Eran solo plástico sin vida. A veces, un objeto remueve sentimientos… Recuerdo con claridad a mi hermana leyendo en aquella terraza. Nuestros primos también tenían siempre tebeos nuevos. Ella se sumergía en la lectura. Yo aún no la imitaba.

Hace años una reforma en casa me obligó a empaquetar en cajas todas mis cosas. Cada vez que metía un libro en una, el sentimiento estaba ahí. Algunos me daban igual y pensaba: ¿para qué guardo este tostón? En otros ni siquiera recordaba el argumento o el final. Pero otros… esos… casi me dolía encerrarlos, que no les diera la luz ni fuera a fluir el aire a su alrededor. Me descubrí acariciándolos como si fueran seres queridos a los que quisiera consolar.

Lo son.

Vuelven a mi memoria las muñecas abandonadas. No son seres queridos. Nunca las eché de menos. De pronto, siento que he perdido algo que nunca recuperaré.

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