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¿Por qué hay que leer libros? Tiempo de lectura: 3 minutos de nada

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Llevo aquí ya 10 minutos de reloj, que son los minutos que pasan más despacio, lo he comprobado, os animo a que lo hagáis. Tiene que ver con el ponerles ese nombre. Si los minutos fueran, por ejemplo, minutos de nada, pasarían rapidísimo. Los minutos de reloj, por el contrario, y como se llaman así, y hay además que mirarlos para verlos mirando un reloj analógico, a ser posible, pasan muy muy despacio. Puede resultar, y resulta, exasperante lo que tardan en pasar. Y el cursor del ratón parpadea, ora me ves ora no me ves, y tú mirando cómo pasan los diez minutos de reloj, sin prisa ninguna, regodeándose, diría. Qué puñeteros. Me pregunto si alguien habrá medido el tiempo exacto, cuánto pasa desde que desaparece y vuelve a aparecer, la rayita del cursor, digo, si es configurable esto, el ritmo el ritmo que me lleva, parpadeante, ora sí ora no. Imagino a un equipo de sesudos investigadores de la Universidad de Massachusetts —de cuyos hijos e hijas y otras mil cuestiones prácticas se ocupan las mujeres de la familia— haciendo las mediciones correspondientes, en milésimas de segundo, presentando resultados, conclusiones, circunspectos, precisos, «Esto tiene que durar tanto, si dura más, no vale, y si dura menos, tampoco»… Y todo porque no tengo ni la menor idea de cómo empezar hoy a hablar de los libros. De dos libros. De algún poema. Es duro ser yo; estaréis al menos de acuerdo conmigo en esto.

Lleva Carmen Oliart (Sabina editorial) semanas, «Este libro te va a encantar». Qué presión. Cada vez que me lo decía yo me asustaba un poco. Ay, como no me guste, a ver qué hago, a ver qué digo, qué me pongo, qué me pongo.

Pues bien. Ya está aquí. Ya ha llegado.

El dolor y el placer iban ambos a una.

Me agarré a los barrotes de acero de la cama
y embestí, como pude, aquella tempestad
de la que era yo misma capitán y jadeo.

Nunca estuve más alta que, cuando ente los truenos,
oí que la matrona —marino sin frontera—
cantó más que gritaba «ya está aquí».
Y era yo sola el mundo, y entre mis piernas daba
a la luz otro mundo recobrado del frío.

Tengo que decir, llegado este punto, que este libro me ha hecho llorar. Se me han acabado saltando las lágrimas. Ha sido emocionante hasta ese extremo para mí el leerlo. Las mujeres que aparecen están tan llenas de vida, y de dolor, y de amor. «Porque refleja en el espejo de la memoria el linaje de madres y abuelas y luego vuela libre»; dice la editora, es una de las razones que da, cuando le preguntamos que por qué este libro. El martes estará ya disponible aquí el texto completo. Es verdad que es un gran libro. Me gustaría tener más oficio a la hora de escribir, o más influencia, mejor, poder llegar a mucha más gente; me pasa cada vez que me llega un libro así. No, de verdad, id a por él. Si tenéis una librería, colocadlo donde se vea. Es uno de esos libros.

Nos ha llegado también Cómo identificar los micromachismos (Continta Me Tienes). «Por fin tienes un libro guay, mamá», dirá de él la joven lectora Luna, con un ejemplar en la mano. Como la madre soy yo, cómo lo diría, me ha hecho mucha ilusión; si Irene Montero —como portavoza, ay— e Inés Arrimadas —que no se define como feminista porque no le gustan las etiquetas, ay, ay— tuvieran tan claro qué es y cómo ser guay, en fin, otro gallo nos cantaría. «Es que hay gente que habla como si el feminismo fuera algo malo, mamá». No me digáis que mi hija no es como para comérsela.

Total, en conclusión, que siguen llegando a esta redacción, digo, distribuidora, libros cuya lectura nos hace mejores personas, que es de lo que se trata, ¿no?

 

 

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