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Lo que le da calidad a la película. A modo de editorial

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Una de las mejores cosas de este trabajo, sin duda, se da cuando hablas con las libreras o los libreros que además leen y disfrutan los libros. Todos los que trabajamos con librerías, o acudimos a ellas con cierta frecuencia para comprar o interesarnos por algún título, acabamos yendo justo a aquellas donde sabemos que hay alguien que, como nosotras, busca en los libros acaso alguna respuesta, o un refugio, un disfrutar sin más de una buena lectura, desconectar del mundo, tan pesado a veces.

Porque no es lo mismo un librero que un tendero, pensé, estos días de atrás, según colgaba el teléfono al de Librería Nobel Vera (Almería). Nos había escrito para interesarse por nuestro catálogo (esto, en esta casa, siempre puntúa. Doble, digo), cómo podía formar parte de esta modesta red de librerías cómplices con las que trabajamos regularmente, que qué había que hacer. Como esto es fácil fácil, tras ese no sé si llega cuando lo cuento al par de minutos, empezamos a hablar de los libros, que es lo que le da calidad a la película. «El que te tengo que enviar también es el último de Bernardo Atxaga», le digo, entusiasmada (me gustó tanto leerlo). Y fue inmediato. A mí me parece, por el tono con que me contestó Rodolfo Criado, librero de profesión, que le mudó la cara, le di lo que se dice un alegrón: «¿Tienes un libro de Atxaga?». Le dije que sí, y que estaba además muy contenta, que era un gran libro en el que aparecían reyezuelos y petirrojos, gente de pueblo, el conflicto vasco tal cual, sin alharacas, que debía ser un gran hombre, José Irazu, «¿no te parece?», siendo capaz de trasmitir toda esa ternura, tan sensato, tan hábil. «Ah, a mí me encantó Obabakoak. ¿Lo has leído?», me pregunta, antes de contarme más. Y yo no, no lo he leído. «Pues fíjete, es increíble, porque lo escribió en vasco. Es una traducción. Y es una maravilla. Te lo tienes que leer».

Y en Vera ya tienen Horas extras  y aquí tengo yo Obabakoak. Una edición, me lo voy a permitir, no tan bonita como la de Hurtado & Ortega la de Alfaguara, me parece. Me fui a Librería Lé a por él, como los tengo tan cerca. Otra librería a la que voy mucho. Por el fondo. La librera a la que llamo Belén * me dijo que sí, que claro que lo tenía. Que ella se había leído El hijo del acordeonista. «Yo me los voy a leer en el orden en que fueron escritos», le digo, como si fuera a hacerlo, acordándome de Edmundo Garrido, editor de Libros de la resistencia, de cómo se estaba leyendo la obra de Néstor Sánchezen su orden, la última vez que vino a Madrid.

Ayer no hice casi que nada más, entonces. Solo leer, y luego contarle a mi hija el primer capítulo de Obabakoak, como si fuera un cuento, como si fuera todavía la niña pequeña a la que le contaba las historias «con la boca, mamá», me decía, para que me la inventara esa noche, sin libro, leyendo directamente de las manos; las abría, las palmas bocarriba, y me ponía a fabular, y ella me escuchaba con la misma cara con la que aún me mira cuando le hablo de los libros que leo, cuando le cuento por qué me gusta tanto leer, qué hay ahí dentro.

Poder leer es una gran cosa.

Pero no era casi nada de todo esto lo que quería contar, cómo se puede divagar tanto, con la ilusión que nos hace La Noticia de hoy, en fin: acabamos de publicar en el catálogo el último libro de StirnerCómics existenciales. Nos ha parecido a los editores y a mí muy buena idea ponerlo en preventa, ir viendo la acogida que va a tener, ha sido una inversión importante. A ver qué tal se nos da. Si habéis seguido las tiras que ha ido publicando la editorial —este domingo publicamos una de ellas— ya sabéis de qué se trata. Si no, ya estáis tardando…

Y nada más. Tal vez volver a darle las gracias a Bernardo Atxaga por los libros que escribe. Es lo que da calidad a la película, decía. De lejos.

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