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Los compañeros de viaje. Por Józef Wittlin

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Apenas había salido el tren, mi compañera, esa que no llevaba pasaporte, se durmió. Se ve que el golpe de las ruedas y el balanceo del tren actúa sobre la conciencia humana adormilándola. Por suerte para mí, durmió hasta la misma Viena. Ocurrió en cambio que tuve otros dos acompañantes en el compartimento del tren. Estaban sentados enfrente de mí y hablaban en alemán. Uno de ellos era un hombre corpulento, ancho de hombros, de mediana edad y bien afeitado. Con el rostro típicamente nórdico, una mandíbula prominente y dientes de depredador, parecía un diplomático de la posguerra. El segundo era pequeño, delgado, no tan seguro de sí mismo y menos dominante; un pequeño bigote y unas patillas adornaban su rostro. Probablemente, algún agente o espía; en cualquier caso, un personaje de poca monta. El alto hablaba con él como con un subordinado, dándole órdenes e indicaciones importantes. Debía tratarse —¿para qué andarse con rodeos?— de algún gauleiter67. Hablaban bajando la voz y, de cuando en cuando miraban desconfiadamente en mi dirección. Obviamente, mi presencia no les allanaba el camino a los dos alemanes. A pesar de que hablaban a media voz, pude reconocer el acento berlinés del gauleiter. A su lado se levantaba toda una montaña de periódicos, de semanarios ilustrados. Todo publicaciones del Tercer Reich. En la cima, descansaba el diario Münchner Neuste Nachrichten.

«Anda que -me dije a mí mismo- esquivo el Tercer Reich… ¡y viaja conmigo de Varsovia a Viena! No es éste un buen augurio. Estos dos señores son emisarios políticos secretos, un jefe y su ayudante, que coronaban alguna misión para Papen. Hay que estar en guardia y, ante todo, evitar hablar de política. ¿Quién sabe si no son funcionarios de la Gestapo?» Saqué ostensiblemente el ejemplar de marzo de la Nouvelle Revue Française y me sumergí en el habla latina. Leía el Propos mensual de Alain.

En Koluszki, el compañero del gauleiter, un joven humilde con bigote y patillas, se despidió y se apeó. Fue una despedida convencional: le dio la mano al gauleiter sin el Heil Hitler. «Naturalmente, -pensé- en Polonia disimulan». Y me quedé solo en el compartimento con el amenazador gauleiter. Se despertó mi mala conciencia, pero tras un instante se cambió de lado y siguió roncando. Por suerte, el alemán no oyó estos ronquidos. Por lo demás, no me mostraba ninguna atención: veía fotografías de su Führer y de sus compañeros de partido. Mientras, yo ya leía a Thibaudet. Reinaba el silencio entre nosotros: un silencio ideal, clásico, digno de Maeterlinck. Y duró hasta la frontera checoeslovaca.


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