Inicio»Textos que nos llegan»Blog del autor»Mi primera novia-novela

Mi primera novia-novela

0
Compartidos
Pinterest Google+

Entonces, principísimo del siglo XXI, Google ni siquiera era el buscador más utilizado, a Youtube le quedaban unos años por existir, todavía funcionaba Napster antes del napsterazo y las redes sociales apenas eran ideas en las cabezas de sus responsables. Los móviles ni tenían cámara de fotos… Hablo en serio, hubo un tiempo donde esas cosas no existían. Y en esos tiempos de la incipiente irrupción de internet en España (y también en serio, hubo un tiempo sin internet, lo juro, lo conocí, aunque ahora dude si fue real) nos íbamos haciendo los primeros correos electrónicos o pensando cuál podía ser nuestro apodo para los chats, y luego el Messenger o aquella mezcla de todo que era el ICQ.

Pues andaba yo entonces en la época más pedante de mi vida, que ya es decir, y en mi primera experiencia en un chat, creo que de Wanadoo (Dios mío, que viejuno) me puse de mote Ignatius. Por el personaje principal de La conjura de los necios. El tipo que me respondió intuyo que no lo había leído, y nombre tan rotundo le sonó al poder del oso, porque nada más pincharme en privado ya quería verme la churra. Ese fue mi gran estreno en la comunicación por la red y la inmediata pérdida de la inocencia por el mundo que nos rodea y el universo sideral en el que las enanas rojas languidecen. Cambié el nombre de inmediato, pues entonces mis expectativas, y yo mismo, eran más altas y ambiciosas, y todavía no me había convertido en lo que soy hoy día, una metralleta de publicar idioteces por Twitter. Así que insistí en mi propósito aristocrático de alcanzar un entendimiento —sin que entender tuviese sentido figurado—con el prójimo, y también con el lejano, que conocías a gente de otros países y todo, entonces una experiencia impresionante. Y llegó mi segundo mote, Elfo. O Ciberelfo. Según. Me lo puse por el libro El Hobbit y resultó originalísimo… unos días. Poco después el anuncio de la primera peli de El Señor de los Anillos inundaba de nicks como el mío Internet y, una vez más, acababa con mi objetivo de utilizar este invento con miras superiores. Así que me pasé derrotado por la vida a los intentos de ligue, al porno y a darle a clicks compulsivamente mirando páginas en diagonal. Pero al menos yo puedo decir que lo intenté.

De La conjura de los necios hablaremos otro día. Y de El Hobbit medio hablaremos hoy. Y digo medio porque no recuerdo nada en absoluto del libro. Sólo su portada en la edición del Círculo de Lectores de 1987. Creo que fue regalo de una tía mía. Y pasó varios años en una estantería. Mis familiares tenían la manía de regalarme libros. Al desenvolverlos y ver lo que eran sentía algo que no podía identificar, y que hoy como adulto llamaría hastío infinito o desazón de grado entre 9 y 10. Creo que alguna vez con todo lo chico que era pude sentir esplín o tedio de la vida. Hasta que llegó el verano en el que terminé COU y un periodo de vacaciones jamás conocido hasta entonces, puesto que la universidad empezaba en octubre. Más de cuatro meses. Y ahí sí que no había internet, ahora puedo corroborarlo.

El Hobbit
El ejemplar de El Hobbit que me leí de adolescente, mi primera novia-novela, mírenla qué mona, aún conservo el ejemplar

El aburrimiento era de tal calibre que me dio por leer un libro. Hasta entonces sólo había leído obligado por el colegio, y para mí la lectura estaba asociada irremediablemente a los deberes, a profesores aburridísimos y a libros nada apasionantes, salvo excepciones como El Paquete Parlante a los 12 años, o varios cursos después Las aventuras de Shanti Andía. Pero que si no me obligan se los lee Pirri. Sólo era un lector habitual de dos formatos que me fascinaban, y que no ligaba para nada a las tareas escolares: los tebeos y las enciclopedias. Pasé toda mi infancia leyendo tebeos de todo tipo. Y no había cosa que más me gustase, salvo comer como un cerdo, ya que fui un niño obesiforme, que ir a una casa ajena para ver qué enciclopedia tenían y extraer los tomos dedicados a animales, fenómenos atmosféricos y biografías. Pero leer una novela ni muerto, antes tal.

Pues el nivel de aburrimiento tenía que ser inhumano, porque además tenía 17 y un montón de proyectos por hacer, varios de ellos inconfesables. Y el caso es que un día, sería junio o julio de 1992, a la hora de la siesta, Córdoba, más de 40 grados, cogí El Hobbit con inimaginable desgana, diciéndome «madre mía pero qué estoy haciendo, voy a leer un libro porque más o menos quiero aunque obligado por las circunstancias».

Y bueno, lo abrí. Y aquello, la verdad, me gustó. Me gustó bastante. Dudo que ese libro pudiera disfrutarlo a mi edad actual, pero en aquella época me divirtió mucho. Y lo más importante, me hizo leer varios libros más ese verano. Y seguir. Y ya no parar. Ya digo que no recuerdo absolutamente nada, salvo el nombre del protagonista y que iban todos campo a través a los suyo, que eran cosas de mucha fantasía y de pasar canguele si acampas al raso.

Así que en mi adolescencia El Hobbit fue mi primera novia-novela, la responsable con su cariño de que pudiera querer a otras muchas y disfrutar como un enano, o un hobbit, de la lectura desde entonces. Debo a J.R.R. Tolkien muchas horas de gozo con libros totalmente diferentes. Curiosamente no he vuelto a leer nada de este autor, ya que lo intenté con El Simarilión y me fue imposible pasar de unas páginas, pero esos son los grandes amores, aquellos con los que jamás puedes tener contacto de nuevo.

En la portada unas montañas misteriosas con un camino en una de ellas sufren una tormenta. El misterio de la literatura empezaba para mí quizá tardíamente, pero a lo grande. Apenas intuía cuántos desfiladeros me quedaban por recorrer.

Aunque dado el tiempo que paso en las redes sociales no sé si se lo tengo que agradecer menos a Tolkien y más a que sólo hubiese tele, que lo mismo me estoy pasando de romántico. Qué quieren, sino me acordaría de algo del libro, ¿no? Yo no sé…da igual, en fin…

Sin comentarios

Dejar una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *