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Misterio, amor y libertad [Por María José Solano]

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Dedicado a sus dos hijos y prologado por la propia Clarice, la breve carta a modo de prologuito de El misterio del conejo que sabía pensar nos aclara, con humor y resignación de madre inteligente, que los verdaderos merecedores de este texto literario no eran en realidad sus hijos, sino los conejos mascotas que formaron parte de la familia Lispector durante un tiempo.

Lleno de referencias simbólicas y metáforas domésticas, este cuento se mantiene alejado de otros referentes de la literatura contemporánea infantil animalística y conejil, como los de Orwell o Richard Adams, quizás porque la que imagina, cuenta y escribe la historia  es una madre. «La recuerdo con una máquina de escribir en su regazo, tecleando absorta en medio del salón principal de la casa entre los ruidos de los niños, el teléfono o la empleada», revela su hijo.

Y seguro que esta imagen, evocada por Pablo, uno de los hijos a los que está dedicada esta historia de los conejos, a muchas madres de hoy les resulta de lo más familiar. Es difícil encontrar a un escritor así; difícil imaginar la producción literaria de un hombre o de un padre, salida del nudo de comunicaciones imposibles que es el corazón de un hogar en ebullición.

Clarice Lispector era una escritora adelantada a su tiempo, rompedora de los esquemas de la mujer que todavía en el S. XX seguían profundamente arraigados y vigentes y que en ella no podían asentarse porque su propia personalidad, forjada en una infancia desarraigada y marcada de manera terrible por la muerte trágica de su madre cuando solo contaba diez años, la rechazaba. «Se sentaba con la máquina de escribir en el regazo para no dejar de abrazar a su pequeño mientras trazaba estas historias».

Enérgicamente mujer, de belleza dura, caucásica, moldeada en las sensualidades del país brasileño, Clarice supo volcar toda su brutal sensibilidad de hembra en su obra literaria. Como explica su traductora, Elena Losada, «Clarice tenía una manera diferente de mirar la realidad, sin estereotipos, un poco como hacen los niños. Era, además, una virtuosa de la oscuridad; para ella no había cosas insignificantes, lo más banal podía desencadenar la epifanía».En una ocasión, la escritora declaró: «Sé un montón de cosas que nunca he visto» y quizás esta frase aparentemente retórica esté más llena de contenido para entender lo que realmente ha sido y sigue siendo la mujer, que las miles de novelas sobre mujeres escritas por hombres a lo largo de la historia de la literatura. Frente a la necesidad de vivencias (reales o literarias, de viajes o bibliotecas) que un hombre necesita para poder producir, «He  visto arder las naves más allá de Orión», las mujeres, restringidas durante siglos al universo de lo cotidiano aprendieron por pura evolución genética cosas imposibles, desarrollando una sensibilidad muy difícil de trasladar a la literatura. El caudal léxico aventurero es apenas un arroyo seco cuando una mujer  con talento se sienta a escribir con la intención de contar todo aquello de lo que ha sido testigo durante siglos; de transformar en visible lo invisible. Tal vez no sean muchas las afortunadas que han nacido con ese don pero, desde luego, Clarice Lispector sí es una de ellas.

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