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Mosaico de una vida, por Claire Nicolas White. Una invitación a la lectura

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El sacrificio

Llegué por primera vez a St. James, Nueva York, mi futuro hogar, en el invierno de 1946. No era un día brillante de hielo ni un día de nevadas de suaves contornos blancos y carreteras silenciosas; solo un día gris y frío sin nada digno de reseñar. Llegué un domingo por la mañana en el ferrocarril de Long Island. Las ventanas del tren estaban sucias, los suelos mojados, el calor surgía en bocanadas rancias de algún lugar que estaba debajo de mi asiento, y llevábamos un retraso de media hora.

Yo era una refugiada, como lo es la mayor parte de la gente en Norteamérica, o lo ha sido, o sigue siéndolo durante toda la vida, trasladándose de este a oeste, de norte a sur, de la ciudad a las afueras, siempre en busca de una forma de vida mejor, un lugar mejor en el que vivir. Era una chica de veinte años que iba a graduarse en Smith College; me adaptaba mal a la vida nómada y ansiaba verme inmersa en la espesa sopa de la historia. La guerra era como un puente que había cruzado y que había reventado tras de mí. Durante los últimos seis años, había soñado con cruzar de nuevo aquel puente, con volver a mi Holanda natal. Pero los sueños se convirtieron en pesadillas. En ellos caminaba por la casa de mi abuela, de habitación en habitación, y me la encontraba muy ajetreada, sin advertir mi presencia.

–Bomma –decía yo–. Estoy aquí. He vuelto.

Pero ella me ignoraba, concentrada en sus ocupaciones, cerrando y abriendo armarios con las llaves que le colgaban en un manojo del cinturón, como la había observado hacer cuando yo era niña. Era como si no fuera ella la que había muerto, sino yo, como si su mundo siguiera adelante para siempre, sin incluirme ya a mí en él.

A veces soñaba que cogía el autobús hacia el norte desde Alkmaar y que el conductor abría y cerraba la puerta de golpe mientras recitaba los nombres de los pueblos: Bergen, Schoorl, Camperduin, saltándose siempre Groet, la aldea en la que yo había nacido. Buscaba ansiosa lugares de referencia –las calles de ladrillo, la oficina de correos, el café llamado De Rustende Jager– pero lo único que veía eran fábricas y columnas de humo alzándose donde solía haber praderas. Me despertaba empapada en sudor y, empezando de nuevo, trataba de hacerlo bien esta vez, encontrar la casa con el tejado de brezo y las contraventanas azules, pero eso nunca ocurría.

Ahora la guerra había acabado y el puente se había reconstruido, pero yo había empezado a darme cuenta de que nadie puede volver atrás. Se habían cortado las raíces. Yo era una persona desplazada. En la estación de St. James cogí un taxi. Sabía el nombre de mis anfitriones, amigos y amigas estadounidenses de mis padres a quienes no conocía. Normalmente eso me habría hecho sentir recelosa, pues prefería a mis propias amistades expatriadas en Nueva York. Pero durante algunos días tuve la premonición de que aquella comida sería importante, de que no me la debía perder.

El taxi atravesó una verja blanca de hierro y se adentró por un camino largo y musgoso entre muros de rododendros con las hojas mustias por el frío, como manos flácidas. Aquellos eran los días en que las chicas leían Rebeca y Lo que el viento se llevó, y surgían en la mente visiones inevitables de Manderley y de Tara, casas que habían sido una referencia y más tarde habían desaparecido pasto de las llamas. Aquel camino de entrada llevaba hasta un gran prado y después hasta una casa, a una fuente, a sarcófagos romanos y estatuas. Los altos arbustos de boj estaban pulcramente atados entre sí con cordeles para protegerlos del peso de la nieve. Unos perros ladraban y la puerta principal se abrió. Se podía ver el estrecho de Long Island al pie de la colina.

La atmósfera de aquella casa, decorada con columnas barrocas, chimeneas y tapices renacentistas, instrumentos musicales y azulejos de Delft, con las paredes cubiertas de libros encuadernados en cuero, evocaba de inmediato recuerdos de Europa. Todos aquellos objetos desplazados parecían estar allí en su hogar, reunidos con gusto ecléctico pero certero. Yo había oído hablar del hombre que había construido la casa. Había sido un gran artista, un arquitecto llamado Stanford White, una figura destacada y popular. Hubo un escándalo acerca de una mujer y a él lo había matado de un tiro un loco celoso. Aquello también evocaba ecos de mi pasado.

En ese momento, sus numerosos nietos y nietas me recibieron calurosamente. Aparecieron por todas partes vestidos con cálidos jerséis y me condujeron hacia la chimenea, pues hacía frío en aquellas habitaciones grandes y algo desvencijadas. Pero el vínculo esencial entre mi pasado perdido y aquel lugar aparecía ahora en la forma espléndida de la viuda del artista, la abuela. Salió por una puerta del descansillo de arriba, la puerta que daba a la llamada suite de la abuela. Llevaba un vestido de lana color vino, con los agujeros hechos por las polillas cuidadosamente zurcidos.

[…]


Fragmento del primer capítulo de Mosaico de una vida, de Claire Nicolas White (Sabina Editorial, 2017). Puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— este mismo libro en estas librerías. Si no ves en el mapa una que te quede a mano, escríbenos a librerantes@librerantes.com, a veces se nos pasa actualizar el mapa, y no están, seguramente, todas las que son…

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