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El persistente recuerdo de una monja de Ávila [por José Jiménez Lozano]

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Una mujer tan desconcertante y tan sencilla como su lenguaje

1 Ávila

Como es lógico, ha sido con la llegada del mundo moderno cuando la figura de Teresa de Jesús ha sido estudiada y recontada de muy distinta manera que como lo había sido en tiempos anteriores o de cristiandad, y en torno a aquella figura han estado, efectivamente, el criticismo histórico, el enjuiciamiento de su persona, de su dimensión religiosa y de su obra escrita; y hay que decir igualmente que también se ha dado una muestra de esa especie de incapacidad misma del hombre de hoy para mirar el pasado. sin teñirlo antes con sus cayehorías e incluso sus supersticiones intelectuales, como hace ya tiempo nos avisó Jacob Burkhardt.

En lo primero en que se reparó, en este sentido, fue en que Teresa de Ávila era una mujer y, como todas las mujeres, vivas o muertas, debían pasar por los tribunales obligados en la época para que recibieran la conformación de su feminidad; y de Teresa se conservaban y mostraban historias y estampas e imágenes algo inquietantes para las nuevas ciencias, las más contada y recontada de las cuales era, desde luego, la imagen de la llamada Transverberación del corazón de Santa Teresa, que es una imagen perfectamente barroca y pertenece al sueño y al hacer del barroco sumo y como enloquecido que es retorcimiento y forzamiento de la realidad. Ensueño de los países de la fiebre, envolvimiento, en telas de sedas magníficas, de calaveras con ojos de diamantes y labios de rubí. Un más allá erótico o tanatófilo, estancia clínica o teatro «a lo divino» como gustaba decirse, y la introducción de los datos fisiológicos mórbidos en la experiencia religiosa por el piadosismo barroco como luego volvió a darse en el catolicismo romántico. Y, en el arte y tiempo barrocos, a los que se alude, podía estar representado todo esto por la Magdalena del cuadro titulado Noli me tangere, de Correggio, que está en El Prado, y para concluir con estas exhibiciones debemos evocar al menos la escultura, yacente pero a la vez capaz de un gran movimiento de torsión de la Beata Ludovica Albertone, de Bernini, que está en su diván de piedra en la iglesia de San Francisco a Ripa en Roma, que es otra imagen barroca –imposible de no ser vista con los ojos de la ciencia moderna, con una mirada clínica exactamente como en el caso del éxtasis o transpasamiento del corazón de Teresa, que está en la iglesia de la Victoria también de Roma y es la más famosa de Bernini. Y no es que peque de minimalismo, luego, la literatura hecha en relación con esta imagen o incluso ante el reseco corazón de carne de la propia Teresa en su relicario de Alba de Tormes. Pero lo que ha sucedido o ha seguido sucediendo después con esta estancia de la transverberación es que se ha convertido en un tópico y un brillante cometa que todavía colea en el mundo moderno de las letras, las artes y las ciencias. Quiero decir la cita de consulta de Teresa en La Salpetrière de Charcot y en el sofá psicoanalítico del doctor Freud y los otros, que van desde Sade hasta Klosowski en la literatura, y esto en razón de dos hechos: la condición femenina de Teresa y lo que comenzó a llamarse la mística, que es una palabra que ya en adelante y hasta hoy mismo permitirá todas las polisemias que se la echen.

La figura de Teresa seguirá interesando de un modo casi muy intenso a inquiridores historiadores, filósofos, teólogos, médicos, escritores y artistas, comenzando esta vez por Lessing que en su Discurso de la Metafísica la definió admirablemente como «una persona cuyo espíritu era muy reverente y cuya santidad era muy reverenciada y tenía el hábito de pensar como si no hubiera más que Dios y ella en el mundo», formulación que, por cierto, puede ponerse en paralelo con aquella otra de Cervantes en la que se dice que todo está en darse cuenta de que se tiene un alma y se ha de pensar en su destino, y ya tampoco parece que haya mundo.

Pero, es sin duda necesario aclarar que, excepto a los historiadores –y no a todos ni siempre–, la Teresa que les importa a los hombres de la cultura no es la Teresa de la historia y ni siquiera la de sus escritos. Y una primera estancia de estos discursos sería el muy famoso sobre la histeria de Santa Teresa o el posterior discurso psicoanalítico, escritura literaria y comentario artístico en relación con el mundo del erotismo, y que realmente se prolongará hasta los radicales y contundentes planteamientos de Jacques Lacan en torno a este asunto de la fisiología y la clínica o el psicoanálisis cuando replanteó el problema de la mística que, conforme a su formulación en Le Seminarie «es cosa seria, y sabemos de ella por ciertas personas, mujeres en su mayoría, o gente capaz como san Juan de la Cruz». Y no dejaré de subrayar que, pensando en este tiempo que podríamos llamar de obligado paso de todas las mujeres –las vivas y las muertas– por La  Salpetrière y el psicoanálisis, la aclaración de uno de sus convocantes a estas rigurosas sesiones, el doctor Fritz Wittels, que recuerda: «No éramos lo bastante tolerantes como para dejar tranquilas a las mujeres; ellas tenían que ser y comportarse como nosotros les dictáramos», y cuenta, luego, que fue entonces el doctor Freud quien explica a uno de estos sus colaboradores: «habíamos desarrollado una extraña ofuscación respecto a las fuerzas culturales por las que tienen que regirse los países civilizados y que el psicoanálisis era un instrumento de conocimiento y no unas Tablas de la Ley, por las que la humanidad debe ser juzgada». Pero, para Teresa como para otras muchas mujeres, o las mujeres en general, sí ha habido un largo juicio final, ciertamente. El descuartizamiento físico y devocional correspondiente en la piedad barroca –el de la misma Teresa, por cierto– y el descuartizamiento dialéctico y discurso interminable en la clínica de Charcot o el diván psicoanalítico a los que aludí más arriba; y, finalmente, examen tras examen, en el Instituto Anatómico Forense, como llamaba Sören Kierkegaard a la crítica literaria, que diseccionaba textos, teñía los tejidos y trabajaba sobre cadáveres.

¿Y qué clase de escritura era ésta, por otra parte? Unamuno ironizaba diciendo que Menéndez Pelayo había creído que la mística era un género literario, y el asunto no necesita más comentario, sino simplemente el de que este extraño género literario se ampliaba algo en los libros escolares y tratados académicos, y se hablaba, a veces, de «literatura ascético-mística». Y, por mi parte, no sabría decir ahora cómo van las cosas a este respecto, de manera que, dejando todos estos asuntos ante los tribunales del Zeitgeist en La Salpetrière y en el sofá psicoanalítico, o la nominalística literaria, y dejando también de lado otros dibujos y discursos de la teología y la ciencia, me limitaré a subrayar, con dos puntadas, la extrañeza general de nuestra cultura, o por el contrario la facilidad explicativa de un tiempo, de una figura y una obra como las de Teresa de Jesús, esta monja de Ávila por la que todavía nos interesamos.

En el año 1999 fue sostenida una tesis doctoral por parte de Mrs. Susana Penzik en la Universidad de Bar Ilán, en Israel, Images of the soul. An archetypal analysis of the Interior Castle by Teresa de Ávila. Lo que hay que decir enseguida es que un tema como éste de la imagen del alma como castillo interior, en el libro de Las Moradasvenía recibiendo hasta ahora un tratamiento preocupado ante todo por dar una respuesta sobre las eventuales fuentes históricas y literarias de esas imágenes, como hace Robert Ricart, y mucho más allá de donde él busca parentescos o procedencias; pero con resultados tan magros como  contradictorios, y también harto débiles. Mrs. Pendzik lo que hace, sin embargo, es, tras mirar esas imágenes del alma, sopesarlas e investigar luego la razón de una tan llamativa universalidad de las mismas, para lo cual ha echado mano del análisis psicológico junguiano –innecesario por otra parte–, y realiza un formidable estudio de la imagen misma del alma en la experiencia religiosa de varias culturas, que, exactamente como las imágenes o símbolos del pozo y de la noche son imágenes suministradas por la experiencia sensorial a todos los hombres, desde siempre y en todas partes, para expresar sus propias agonías o dichas. Y muestra luego que las imágenes del castillo de cristal o en el aire pertenecen a la expresión de una experiencia de la misma naturaleza, como la de la hechura de la luz en un diamante o del cristal del globo inmaterial del que habla Diego de Yepes. Y creo realmente que, después de este estudio de Mrs. Susana Penzik queda un tanto más iluminado el juego crítico sobre las  hipotéticas influencias, directas o indirectas de dicha imagen del castillo interior, y especialmente las tan privilegiadamente barajadas influencias judía e islámica. Y, en mi opinión, es en este ámbito de la universalidad y de lo que personalmente me gusta llamar «complicidad» o una similitud e incluso identidad en la expresión de un estado de alma en el que se nos invoca a ahondar, y precisamente en el de ordinario despreciado imaginario espiritual de las gentes sencillas e iletradas que a veces se manifiesta hasta en procedimientos judiciales con imágenes shakespearianas, sencillamente porque tampoco éstas son producto exclusivo del talento poético de Shakespeare, sino que son pensares y sentires, símbolos universales. Y todo esto sin contar con que la elaboración de una imagen del alma no se atiene a normas de racionalidad o técnica alguna, ni tampoco a control alguno de este tipo, de tal manera que un niño –e igualmente un escritor o un poeta– puede derivar la imagen de un castillo, o de un cuatrimotor, del dedal con que cose su madre, pero nadie podría rastrearlo más tarde; sólo interpretarlo como mucho, freudianamente, por ejemplo; y el propio Freud dejó claro que el psicoanálisis no puede hacer nada «para dilucidar la naturaleza del don artístico, ni puede explicar los medios por los que trabaja el artista, la técnica artística». Y ni siquiera el constructor mismo de esa imagen llega a ser consciente siempre de su origen, como le ocurre por cierto a Teresa misma con la imagen de su castillo de cristal o en el aire, según muestra la misma Mrs. Pendiz.

Y esta estancia del examen y chequeo literario es en el que de modo más frecuente y entitativo se encuentra hoy la figura de Teresa, aunque no es de ayer esa cuestión del lenguaje de sus escritos místicos, ni tampoco de su lenguaje no místico al que le era negado su carácter literario y ahora se la ha reconocido muy secundariamente gracias a los miserables estereotipos de la corrección política de un feminismo de modernidad: exhibición de modelos, sólo para mujeres, en la gran aldea de Potemkin que es nuestra cultura.

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La vida de Teresa de Jesús es como la del maestro fray Luis de León, Luis Vives y la de otros varios miles de españoles, con nombre público o no, un vivir gira en torno a un problema como el de la casta o sangre limpia o no limpia, que durante decenas y aun centenas de años envenenó –y hasta quizás sigue envenenando– la vida española como una peste y úlcera purulenta que se transmite físicamente por generación dando lugar a un «ganado roñoso y generación de afrenta que nunca se acaba», como decía el maestro fray Luis de León.

En principio, es una mancha física que invade el ámbito del sentir y del pensar, y serán personas de casta no limpia los descendientes de judíos e islámicos, pero también quienes tienen oficios viles como eran considerados los oficios de mercader o banquero que se suponen propios de judíos, o de hortelanos y trajineros o vendedores ambulantes que se supone que son oficios propios de islámicos, los primeros en razón de su dieta vegetal y costumbres domésticas, y los vendedores ambulantes en tanto que difíciles de controlar en su asistencia o no al culto dominical o al cumplimiento pascual. Y esta condición racial y social de judíos o islámicos se sospecha y confirma por ciertos signos, cuando algunos o bastantes de aquéllos se han convertido y se sospecha falsedad en su conversión, o que, simplemente, tratan de ocultar su condición; esto es los judeo-conversos o marranos o tornadizos, que se perpetúan inacabablemente en esta condición y por ejemplo, tienen querencia a leer la Biblia y toda clase de libros; y quienes trabajan huertas y, según las gentes de casta limpia quisieran llenar la España entera de verduras y cítricos que se consideraban «cosas de poca sustentación», todo lo cual delataría su origen islámico. Judíos e islámicos, además, no comían cerdo y, si tenían que comerlo, para no delatarse, por ejemplo, era para ellos «duelo y quebranto» de corazón como son llamados los torreznos en las primera líneas del Quijote. Los judíos quitaban también toda grasa de las carnes y desde luego el nervio ciático, en recuerdo de que cuando Jacob luchó con el ángel éste le toco en el nervio ciático y le dejó cojo de por vida. También se mudaban de ropa interior para celebrar el sábado, mientras los islámicos observaban la luna para el comienzo y el fin del Ramadán, y utilizaban un hilo en el crepúsculo matutino y vespertino hasta que se hacía indistinguible su color blanco o negro y eso señalaba el principio y el fin del ayuno,

La sangre limpia se suponía que venía de los godos, pura y sin mezcla, y en principio era la casta de labradores su suprema expresión, y también se objetivaba en cultemas o manifestaciones individuales o de grupo: el desprecio por la lectura, el miedo o precaución en relación con la Biblia, la dieta de cerdo y grasas animales, especialmente el tocino. Pero también había otras señales para las distintas castas como el amortajamiento, las varias purificaciones entre ellas las de después del parto, etcétera. Y los malsines o denunciadores ante la inquisición que estaban atentos, por ejemplo, a la salida o no salida de humo por las chimeneas de las cocinas, los sábados, aunque en muchas casas judías había encendedoras de lumbre o mujeres cristianas que realizaban esta tarea.

La Inquisición Nueva o Castellana nació exactamente porque se suponía que había muchos convertidos falsos, y fue irremediablemente –incluso antes de que el inquisidor general fuera el primer secretario del Reino, una especie de primer ministro– un tribunal político racista y demagógico, popularísimo. La más humilde ayudante de una lavandera podía decir que el arzobispo de Toledo o un alto aristócrata se cambiaba de camisa el viernes o la cocinera podía testificar que un alto personaje y su familia no comían cerdo, conejo, o cualquier otro rumiante con la pezuña partida, y acarrear tremendas consecuencias a los denunciados.

Este asunto central de la raza y la casta españolas atormentó de manera muy principal a la propia vida de Teresa, como de tantos otros españoles «ganado roñoso y generación de afrenta que nunca se acaba», según la ya citada formulación del maestro Fray Luis de León, y fue el mismo asunto que paradójicamente hizo que la propia Teresa fuera erigida en nuestro tiempo como figura señera de la casta española, digamos cristiano-goda y limpia. Ese supuesto fue intocable e indiscutible hasta que su ascendencia de jadeo-conversos quedó súbitamente esclarecida, y encarrilado el asunto en el plano de la historia documental, gracias a la publicación y comentario del profesor Teófanes Egido en torno a la documentación que se había robado y devuelto luego en un confesionario; y que resultaba decisiva en relación con la no limpieza de sangre de los hermanos de Teresa y de ella misma, por lo tanto. Y un tal asunto, ya dilucidado, nos ha permitido desde luego, entre otros varios pensares y sentires, percibir muy claramente ironías y actitudes del vivir y de la escritura de Teresa de Jesús, que de otra manera no entenderíamos. De manera que nunca agradeceremos lo bastante el alcance de lo que el profesor Teófanes Egido realizó y aclaró. La imagen de Teresa de Jesús que, por razones políticas, se trató de construir, como Santa de la Raza, o la Juana de Arco española, ya no ha podido funcionar más que en un plano retórico, aunque hasta  anteayer mismo algún ilustre biógrafo de Santa Teresa prefería escribir que el abuelo  de ésta, Juan Sánchez, no era judío sino cristiano convertido al judaísmo. Pero la larga polémica de casta y sangre limpias entre España y Teresa queda así clausurada.

El abuelo paterno de Teresa era no un converso directo, sino descendiente de conversos, y sabemos por lo menos que el padre de este su abuelo que se llamó don Alonso ya era cristiano, pero los descendientes de conversos también era considerados conversos, y este abuelo paterno de Teresa, Juan Sánchez de Toledo, y su hijo, el padre de Teresa, así como sus hermanos, tuvieron ante sí el problema de cómo borrar la historia personal de la familia, porque era mancha que impedía entrar en religión, en la universidad y otras instituciones estatales o religiosas, y hacía muy arriesgado emparentar con quienes la llevaban.

Para borrar el pasado lo primero era irse a vivir donde nadie les conocía y cambiarse de apellido. Por lo pronto Juan Sánchez y sus hijos se pusieron distintos apellidos –el padre de Teresa comenzó a llamarse Alonso de la Pina o Piña, y concluyó por llamarse Alonso Sánchez de Cepeda y desde Toledo emigraron a Ávila, donde fueron conocidos como «los toledanos». Don Alonso casó en primeras nupcias con una mujer de apellido un tanto peligroso, que era Del Peso, y tiene un cierto retintín a mercaderías y, cuando volvió a casarse, lo hizo con una muchacha labradora y adquirió una labranza, tras cerrar la tienda de tejidos que había abierto en la calle principal de Ávila. Mientras sus hermanos, asentados en aldeas cercanas a esta ciudad, comenzaron a negarse a pagar los impuestos alegando que eran hidalgos o nobles y no tenían obligación de pagarlos. Así que hubo un pleito, porque el Concejo perdía dinero, pero los toledanos encontraron testigos que afirmaron que los conocían desde siempre y jurarían que siempre habían sido hidalgos. Y, como el fiscal de Ávila se mostró tibio en la defensa de los intereses del municipio y del Estado, se acudió a Valladolid, al tribunal de hidalguía, y este  tribunal de Valladolid fue el que pidió un papel a Toledo al tribunal inquisitorial de la ciudad, y el testimonio fue contundente: el abuelo de los Cepeda había sido un converso que había abjurado sus delitos contra la fe católica y había sido reconciliado con la penitencia de andar siete viernes de iglesia en iglesia en una procesión de conversos, descalzos y con un sambenitillo. Pero el tribunal de Valladolid no hizo caso del informe de los señores inquisidores ni de su fiscal y dio razón de su hidalguía a los Cepeda. Y naturalmente por medio había habido dinero o agradecimientos de los hombres del común que eran incluso ediles. Y los Cepeda ganaron. Tuvieron suerte o una relativa suerte, porque el propio Juan Sánchez había soltado dinero ya para la guerra de Granada y no se le había molestado entonces, pero ahora sus hijos no serían molestados por la mancha judaica, y se los consideraría hidalgos pero, en la práctica, sólo si llevaban un cierto tren de vida.

De manera que don Alonso, el padre de Teresa que quedó en Ávila, tuvo que mostrar que era de una altísima cuna y tuvo que gastar su fortuna en ello y, cuando murió, sólo había deudas y más deudas en su herencia Y los otros hermanos no tuvieron mejor suerte, porque, como eran hidalgos pero no tenían dinero ni tierras propias, y no podían trabajar con sus manos sin perder la hidalguía, lo que les quedaba era elegir entre Iglesia, mar o Casa Real, y eligieron esta última, lo que llamaríamos hoy el ejército, y seis de estos hermanos de Teresa fueron a América recién descubierta y allí murieron cuatro, uno de ellos volvió con dineros, Lorenzo, el hermano mayor, y otro, el tío Pedro, que vivió en Ortigosa del Rioalmar hasta que quedó viudo y prestó a Teresa sus primeros libros hasta dejarla según sus palabras amiguísima de ellos, pero luego no trajo ni blanca de las doradas Indias.

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Nota sobre el autor: José Jiménez Lozano (Langa, Ávila, 1930) es poeta, narrador y ensayista. Recibió el Premio Cervantes en 2002. Es colaborador de El Norte de Castilla desde 1958, diario en el que ejerció de redactor, subdirector y, entre 1992 y 1995, director. Ha colaborado con también con los periódicos ABC y La Razón. Entre sus numerosos libros destacan los ensayos: Los cementerios civiles y la heterodoxia española (1979), Guía espiritual de Castilla (1984) y El narrador y sus historias (2003); las novelas Historia de un otoño (1971), Parábolas y circunloquios de Rabí Isaac Ben Yehuda, 1325-1402 (1985); Sara de Ur (1989), El mudejarillo (1992) y Ronda de noche (1998); los libros de relatos El grano de maíz rojo (1988), El cogedor de acianos (1993) y Un dedo en los labios (1996); los diarios Los tres cuadernos rojos (1985), Segundo abecedario (1992), La luz de una candela (1996) y Los cuadernos de letra pequeña, (2003), y los poemarios Tantas devastaciones (1992), El tiempo de Eurídice (1996), Pájaros (2000) y La estación que gusta al cuco, (2010).


Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos


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