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Saint-Exupéry, el reportero olvidado de la Guerra Civil Española [por Montse Morata]

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La carrera de los Beatles duró siete años y nosotros estamos a punto de llegar a Ocho y medio que, con el renovado homenaje a Juan Ramón Jiménez de esta segunda entrega de nuestra antolojía, ofrece al lector algunas señas de identidad cuando nos dan miedo los que solo saben ser frente al otro, abriendo zanjas, levantando fronteras. Nos sigue interesando, como a Henry David Thoreau, la inmensidad del mundo, la naturaleza, la lluvia, la nieve, los insectos, y cada individuo en su necesidad. Todos fuimos, somos o seremos refugiados. Seguimos empeñados contra el ruido que hace internet y fuera de internet. Por fronterad han pasado ya más de mil colaboradores, y no nos rendimos porque seguimos respirando. Creemos en el papel a pesar de tanto naufragio, y en la posibilidad de una red que no sea solo la de contar mentiras y sumar pinchazos como si la cantidad fuera un valor en sí mismo. Seguimos buscando dar respuestas a la desesperanza en un mundo en el que los hechos parecen no contar y hay demasiados que prefieren escuchar mentiras a leer y luchar con las llaves maestras de la razón y la amabilidad.

*  *  *

«Los va a escuchar», le habían asegurado. «Cuando estemos en primera línea preguntaremos al enemigo que está al otro lado del valle… A veces hablan…». En el silencio de aquella noche de abril de 1937 Antoine de Saint-Exupéry acompañaba a una patrulla formada por un teniente, un sargento y tres milicianos republicanos por los alrededores del frente de Madrid con la misión de descender hasta un estrecho valle que los separaba del adversario para saber si el enemigo se encontraba ahí disimulando. La patrulla, a la que se había sumado un comisario, avanzó a través de los campos hasta llegar a un murillo de piedra que les llegaba a la altura del pecho. En aquel puesto de vigía dormitaba un centinela entumecido. «Sí, aquí, algunas veces, ellos responden… Otras veces son ellos los que nos llaman… Otras veces no responden. Depende de cómo estén de humor», les confesó. «Así son también los dioses», pensaba Saint-Exupéry, que acababa de encenderse un cigarrillo, tras lo que unas manos rápidas sobre sus hombros lo obligaron a agacharse. No tardaron en silbar cinco o seis balas, demasiado altas, no eran «más que un recordatorio de la corrección: no se enciende un cigarrillo delante del enemigo». Entonces se les unieron tres o cuatro hombres que velaban resguardados en los alrededores. Uno de ellos se levantó y, formando un altavoz con sus manos, gritó con fuerza: «¡An… to… ni… o!». El eco resonaba en el valle. «Agáchate», se apresuraron a recomendarle al reportero, «algunas veces, cuando los llamamos, comienzan a disparar…». Esta vez no hubo disparos, pero tampoco respuesta, sin embargo, aquellos hombres tampoco podían jurar que nada hubiesen escuchado, la noche entera cantaba «como una concha», relataba el aviador. Así que volvieron a intentarlo: «¡Eh! ¡Antonio… o!… ¿Estás…?». Los segundos pasaron y gritaron de nuevo hasta que se escuchó una voz lejana, una frase que se había perdido por el camino con un mensaje indescifrable. «Tienen sed de nuestras palabras, como nosotros tenemos de las suyas. Pero nada sabemos de nuestra sed, salvo que se manifieste, evidente, en esa misma escucha», reflexionaba Saint-Exupéry. En ese instante los mismos que tan sólo unos minutos antes habían disparado al vuelo a un cigarrillo les lanzaron, a pleno pulmón, un «maternal consejo»: «Callaos… Acostaos… Es hora de dormir». Y el mismo miliciano que había conseguido hacer hablar a Antonio volvió  a gritar, como si lanzara hacia lo desconocido una pasarela que uniera las dos orillas del mundo, para formular la pregunta fundamental: «¡Antonio! ¿Tú por qué ideal luchas?», tras lo que excusó su pudor ante el invitado diciéndole por lo bajo que era «una pregunta irónica». La respuesta llegaría de inmediato desde el otro lado como una confidencia seccionada por el viaje, «como una inscripción roída por los siglos»: «… ¡España!». «…Tú?», se escucharía después. «… ¡Por el pan de nuestros hermanos!». Pero lo más asombroso para el reportero se produjo cuando, desde ambos frentes, se despidieron con un: «… ¡Buenas noches, amigo!». Entonces el escritor pensará que «bajo la apariencia de palabras diversas, aquellos dos bandos se habían gritado las mismas verdades… Pero una comunión tan alta no excluye morir juntos».

Aquella experiencia en la Guerra Civil Española, que había quedado en la memoria de Saint-Exupéry, así como en las anotaciones de sus Carnets, esas libretas de piel que siempre llevaba consigo, la relatará un año y medio después de regresar de Madrid, en la serie de artículos que publicó a principios de octubre de 1938, sólo unos días después de la firma de los Acuerdos de Múnich, en el diario Paris-Soir bajo el título de ‘¿La Paz o la guerra?’. En estos artículos el escritor mostraba su inquietud por la tensión bélica creciente en Europa, pero tampoco rechazaba la guerra en caso de ser necesaria para preservar la paz. Sin embargo, sostenía que antes de elegir había que conocer al hombre de la guerra, sus verdaderas motivaciones profundas, que él había descubierto en la contienda española.

El autor, que había nacido con el siglo, en 1900, había llegado al periodismo a los 32 años, después de perder su trabajo como piloto en el que había pasado los mejores años de su vida y que lo había convertido en uno de los pioneros del aire, aquellos héroes de la gesta de su tiempo. Para entonces se había casado con la salvadoreña Consuelo Suncín, viuda del escritor y periodista guatemalteco Enrique Gómez Carillo. Instalados en París, los derechos de autor que Saint-Exupéry cobraba por las dos novelas que hasta entonces había publicado, Correo Sur y Vuelo de noche (por la que había ganado el Premio Femina), no eran suficientes para costear el elevado tren de vida que el atormentado matrimonio llevaba, envuelto en una montaña rusa de frecuentes desencuentros, reconciliaciones e infidelidades por ambas partes. Perseguidos por los acreedores, con permanentes cambios de domicilio, el autor se refería a aquel tiempo como la «época azul» por el color de las notificaciones que no dejaban de llegarle de abogados y alguaciles. Tuvieron que vender hasta los muebles de su casa y llegaron a cortarles el agua y la luz por impago. Fue entonces cuando Saint-Exupéry comprendió que había llegado el momento de aceptar el consejo de sus amigos y empezar a escribir para los periódicos, que por entonces pagaban bien las firmas de prestigio como la suya.

Lo hizo sin vocación, pensaba que tanto el periodismo como los guiones de cine que también escribía de forma alimenticia eran «vampiros» de la literatura. Sin embargo, el periodismo le permitió conocer algunos de los escenarios más importantes de su tiempo, como la Unión Soviética de Stalin y la Guerra Civil Española, que le dejó una huella reconocible en su obra y su pensamiento. A través de la reescritura de sus trabajos periodísticos también configuró la obra literaria que lo consagró en vida como escritor, que no fue su famoso El Principito[1], cuyo éxito no llegó a conocer, sino Tierra de los hombres.

Entre 1932 y 1938 Saint-Exupéry colaboró con algunos de los principales diarios franceses de su tiempo, como Paris-Soir y L’Intransigeant, así como con el semanario político y literario Marianne, fundado por Gaston Gallimard, y con otras publicaciones especializadas. Desempeñó este trabajo buscando fórmulas propias, como en el resto de su obra, lo que hace que su aportación resulte tan singular, y sin traicionar su modo de entender la escritura, en su caso como consecuencia de la propia acción. «No hay que aprender a escribir sino a ver. La escritura es una consecuencia», le decía ya con 23 años a su amiga Renée de Saussine. Y este mismo principio lo aplicó al periodismo, que nace de su propia experiencia. «Reportajes vividos» les llamaba él a las crónicas que escribió para la prensa de la época, entre las que se encuentran las que publicó tras estar en dos ocasiones en la Guerra Civil Española, de cuyo comienzo se cumplen ahora 80 años.

Lo que sucedía entonces en España despertó de inmediato un interés mundial y los grandes periódicos del momento enviaron a sus mejores reporteros como testigos de una guerra en la que las ideologías enfrentadas acabarían por dividir el mundo. Por España pasaron estrellas del periodismo y la literatura como Ernest Hemingway, John Dos Passos, George Orwell, Gerda Taro, Martha Gellhorn, André Malraux o Robert Capa, todos ellos ampliamente recordados en la mitología literaria de la contienda que, sin embargo, extraña y curiosamente, con frecuencia se ha olvidado de Saint-Exupéry. Quizá porque el aviador mantuvo un punto de vista neutral en lo ideológico, nunca en lo humano. Interesado en conocer las verdaderas razones del hombre para ir a la guerra, aquellas que, camufladas bajo el discurso ideológico, no disponían de un lenguaje con el que revelarse, sus impresiones aparecen impregnadas de humanismo y poesía aportando una visión única del conflicto, vigente y universal por las reflexiones que realiza.

La «frontera invisible» de la guerra

Nada más estallar la contienda el diario L’Intransigeant le propuso acudir a España. El escritor aceptó y el 10 de agosto de 1936 partió hacia Cataluña pilotando el avión privado del vespertino. Dos días después aparecía la primera de las cinco crónicas que publicó bajo el título de ‘España ensangrentada’. En aquellos textos en un primer momento busca la «frontera invisible» de una guerra fraticida a la que se acerca con los ojos de un explorador curioso, pero no la encuentra. Lo hará tras sentarse en la terraza de un café de Barcelona y observar cómo los anarquistas se llevaban a un hombre acusado de fascista al que iban a fusilar. «En la guerra civil la frontera es invisible y pasa por el corazón del hombre». Evocará también la atmósfera que se vivía en las calles de Barcelona, una ciudad que le parecía un fortín en el que se fusilaba más de lo que se combatía. «Esos hombres no van al asalto con la ebriedad de la conquista, sino que luchan sordamente contra un contagio. Y en el campo contrario, sin duda, es igual», pensaba el escritor, y decía que «una nueva fe es como la peste. Ataca desde el interior».

[…]

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[Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, si en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos]


Nota sobre la autora: Montse Morata (Madrid, 1976) es periodista, investigadora-doctora y profesora colaboradora en la Universidad Complutense de Madrid. En su tesis doctoral estudió la obra periodística de Antoine de Saint-Exupéry, para lo que se trasladó durante un año a París. Fruto de esta investigación acaba de publicar Aviones de papel, biografía del escritor francés, que resultó finalista del Premio de Biografías y Memorias 2016 de la editorial Stella Maris. Como periodista ha trabajado en la agencia Europa Press, así como en prensa y televisión. También es autora de artículos académicos y de poemas recogidos en diversas antologías.

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