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Sexo, mesitas de noche y habitaciones ocultas

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«Si vas a casa de alguien y no tiene libros, no te lo folles». Esta frase de John Waters se ha hecho muy popular en los últimos años gracias a la repetición en las redes sociales. Entendida como una sentencia que promociona la literatura, nos tenemos que preguntar si realmente no menoscaba el sexo. En un país con los índices de lectura de España, donde un tercio de la población afirma no leer jamás y otro amplio porcentaje lo hace si acaso una vez al trimestre, tenemos que pensar que las estanterías llenas de libros son cada vez más infrecuentes si añadimos la crisis económica y la posibilidad de bajarlos de internet. Además alardear de conocimiento quizá fuerse hace décadas indispensable. Ahí tenemos uno de los artículos vintage por excelencia, el lomo falso de cartón para aparentar que hay un libro. Hoy en día casi mejor que el lector avezado se camufle entre una multitud que dedica su tiempo de ocio a otros menesteres. Acotada según Waters la opción de acostarse con alguien a ese segmento de la población, quizá sea mejor emigrar a países de índice lector alto, como Islandia, o bien dejar de lado semejante pedantería, pues al fin y al cabo leer y lo otro se hacen en la cama y ningún lugar como la mesita de noche para dejar en la repisa el libro y en el cajón los preservativos si es que se usan, pues vivimos en una época de deportes de impacto y riesgo. Ese es el mueble básico, no nos engañemos. «Si vas a casa de alguien y no tiene mesita de noche no te lo folles». ¿Qué tipo de ser humano no tendría mesita de noche?

Realmente lo que me molesta de la gente que no tiene libros en su casa no es ni remotamente la posibilidad de rechazarlos sexualmente, pues para que eso se dé la persona debería ser Hitler y todavía me lo pensaría, que ese flequillito tiene su aquel, sino que acaben con una expectativa mucho más importante: que entre todos los libros del estante uno sea falso y al extraerlo se active un mecanismo que lo mueva y deje a la vista la entrada a una habitación secreta. Cada vez que voy a una casa ajena eso es en lo primero que pienso después de fantasear con comerme las tapas del pan de molde, una delicia que por algún motivo la gente desprecia y tiene siempre olvidadas en la bolsa junto a las tres o cuatro últimas rebanadas. El libro falso, el cuarto oculto y las tapas del pan de molde. Si tenéis estas cosas invitadme a vuestros hogares.

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En cuanto sea millonario, y ese «en cuanto sea» muestra la firmeza de mis convicciones, instalaré dos tipos de libros falsos, pues me gustaría corresponder a aquellos que me inviten. El primero lleva al correspondiente cuarto falso, pero al entrar, mediante un ingenioso mecanismo hidraúlico, la habitación y la estantería giran de tal forma que la persona vuelve a donde estuvo. Apenas habría tiempo para el sobresalto. Si acaso una sorpresilla, luego un poco de estupor, y al nada preguntarse qué ha pasado, bueno, seguiré con lo mío. El segundo consistiría en una biblioteca enorme de libros falsos que conducen a cientos y cientos de cuartos secretos. O miriadas, no vamos a escatimar. Sólo un libro es normal, lo que lo transforma en una verdadera extrañeza, algo insólito, mientras las habitaciones escondidas se convierten en lo ordinario, incluso hay cierta desgana al descubrirlas ya. ¿Otra? ¿Otra? ¿Otra más? Puff. Así a las visitas se les abriría el apetito para las tapas del pan de molde de la cena. Reducidas al Pedro Ximénez.

«Si vas a casa de alguien y no tiene al menos un libro que te haga pensar que al tirar de él se activa un mecanismo hidraúlico o motorcillo que lleva a un cuarto secreto no te lo folles». A la postre quizá es frase sea la más atinada. Y detrás de ella no se encuentra ninguna metáfora sobre la capacidad de los libros para llevar a otros mundos o sobre la necesidad de tener una habitación propia, no. Pudiera parecer que sí. Pero no. Que lo digo en plan realista.

Que es que no estoy bien.

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