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Ediciones El Salmón

«Soy un intelectual privado: ¡qué maravilla no contar para nada!» Crítico literario y escritor, una pasión por la política y la edición jamás extinguida, Piergiorgio Bellocchio nos cuenta cómo creó dos históricas revistas, y por qué con 83 años sigue pensando que en la vida es necesario «limitar el deshonor». El taxista que me lleva desde la estación de tren de Piacenza hasta el Círculo de la Unión —un lugar sobrio, como de otra época, donde se come, se lee

Piergiorgio Bellocchio nació en Piacenza, en el norte de Ita­lia, en 1931. Fundador en 1962 de una importante revista polí­tico-cultural, Quaderni piacentini (Los «Cuadernos de Piacen­za»), abandonó su dirección a comienzos de los años ochenta, al constatar que ya había «cumplido su función». En 1985 creó, junto a su amigo Alfonso Berardinelli, una revista titulada Dia­rio, en el sentido de una recopilación de notas tomadas en el día a día, y cuya gestación explicaba así: Una vez concluida la experiencia

Un volumen recoge la última conferencia que ofreció el cineasta y escritor italiano, días antes de su turbio asesinato en la playa de Ostia Javier González-Cotta   Tras la posguerra, en la Italia que sigue al llamado miracolo económico, Pasolini fue siempre la china en el zapato, el abejorro que zumbaba alrededor del discurso proforma que adoptaron -cada una a su modo- tanto la siniestra Democracia Cristiana como la fuerza bruta del PCI. El 21 de octubre de 1975 Pier Paolo Pasolini

Por Simon Leys Cuando se borra la historia de un pueblo, se borran sus bases morales. Ma Jian Si Hitler hubiera ganado la guerra, podemos imaginar que, un cuarto de siglo más tarde, una nueva generación de dirigentes nazis, obedeciendo a imperativos pragmáticos, probablemente habría emprendido la reforma de la visión original del Führer de manera tal que habría acabado siendo difícil reconocerla. Pero, actuando así, no les sería difícil conservar por todas partes los retratos del genial fundador del Tercer Reich; y su efigie gigante seguiría decorando la fachada del Reichstag en Berlín. Diversos aspectos de la ideología hitleriana, de idiosincrasia un poco incómoda (pensemos en la «cuestión judía», por ejemplo, para entonces resuelta ya mucho tiempo atrás), se habrían metido discretamente debajo de la alfombra; y, además, en sus relaciones —por lo general buenas— con el Reich europeo, la diplomacia transatlántica se guardaría púdicamente de aludir a estas desagradables historias del pasado (que, por lo demás, no tendrían ninguna incidencia en los nuevos intercambios comerciales).

La verdad a cualquier precio Pasolini se dio cuenta antes que nadie de la devastación espiritual que la economía de consumo masivo podría traer consigo Antonio Muñoz Molina Porque Pier Paolo Pasolini no tenía miedo de nada, ni siquiera lo tenía de aquello que más puede asustar a un literato o a un artista de las últimas décadas, casi del último siglo: que lo acusaran de retrógrado, de anticuado. La ortodoxia de la modernidad, lo mismo en las artes que en la

El mar dos veces perdido Leo a Camus todos los veranos. En realidad hubo un verano, ya lejano en el tiempo, que dediqué por entero a la lectura de sus obras. Desde ahí, siempre que el calor comienza a azotar este lugar semidesértico, con su sol blanco de mediodía y ese aire estancado y bochornoso que nos despoja de toda ternura y de toda maldad, vuelvo a sus libros. Vuelvo a ellos porque su querencia de desierto y su búsqueda