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loca del coño

De todas las mentiras la literatura es mi favorita¹ Los pintores, los filósofos, los poetas, pero también los novelistas e incluso los inventores y los sabios alcanzan todos la verdad por los atajos de la imaginación² —Para contar bien qué es estar en un manicomio, hay que haber estado en uno. Que no lo sé, no sé ruso —lo dice con fastidio. Virginia es la que más ha bebido, también es la que suele acabar menos ebria. Rita y yo ya

A G., que piensa de verdad que el cine está sobrevalorado. Cuando he llegado, Rita estaba regando las plantas. Ha conseguido colocar unas cuantas macetitas en el patio de su casa, que no es, por otra parte, muy grande, apenas unos ocho o nueve metros, una habitación sin techo. Su logro respecto a este espacio ha sido crear un lugar acogedor en torno a las no sé si son petunias, geranios, el aloe vera. Contiene también un aguacate espectacular, majestuoso. El patio se le parece, de

Iba andando por la calle, pensando en C., en cómo me sonríe cuando le cuento cualquier bobada; me mira de esa manera y es con un chute, me activa, me anima, me hace a mí reír, contar lo que sea que quiere que le cuente mejor, poniéndole detalles que acaso maquille un poco para que le gusten más todavía, para hacerle feliz. Se le ve disfrutar tanto. Y se pone tan guapo. Sabe que me gusta, pero no lo sabe

El viento de la gracia. Una borrachera de Virginia A John Wayne Pues regular. O mal. Qué pregunta. Lo he pensado, no se lo he dicho. Lo que le he dicho ha sido: «Despacio». Porque también tengo que ser graciosa. Perfecta y graciosa —divertida; así no suena a payasa— y además estar guapísima y feliz. Detesto que me lo pregunten. Detesto todas las preguntas de relleno, a todas y cada una de las mujeres que hablan por hablar. Tanta niña

Me envía L. el enlace al perfil de E. en meetic. Solo venía el enlace en su correo. He tenido que registrarme para ver a dónde me llevaba, me podía la curiosidad, cómo me conoce. Al verlo, me ha dado tantísima vergüenza que he ido corriendo a meter la cabeza debajo del grifo del agua fría, entera, como cuando, siendo aún una niña

La mujer de en frente ya sé quién es: nada menos que la pescadera. Desde mi terraza no podía apreciar sus manos, ver cómo todos los años de agua friísima, esos largos inviernos, habían ido maleándolas, destruyendo su juventud. Tampoco había visto bien las arrugas de su cara, solo eran una sospecha, otra conjetura.