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Aquello era realmente el Tercer Mundo

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Él, que soy yo, o sea, H, me vuelve a decir que nunca se sintió tan otro como cuando aterrizó en aquella ciudad lejana.

Nada más salir de la terminal, vio que había otros taxis informales en los que seguramente el trayecto a la ciudad le costaría la mitad de precio. Prefirió no arriesgarse: desconocía aquella capital y aquel continente y, para un turista europeo, el doble de la tarifa local no era nada. Subió a un taxi «oficial» del aeropuerto y dio la dirección de su amigo.

Se sorprendió aún más que al sobrevolara la ciudad. Justo antes de aterrizar, al entrar en su espacio aéreo, le asustó, incluso le aterró el haber penetrado en una aglomeración aparentemente impermeable y perpetua de nubes, cuando el sol había sido su compañero de viaje durante todo el trayecto previo. Un pasajero que olió sus nervios comentó chistoso que desde hacía pocos meses la torre de control ya contaba con radares para la localización de aviones. Eso no le tranquilizó en lo más mínimo.

Sin embargo, allí estaba ahora, sano y salvo en un coche estilizado y negro, con un «chófer» de traje y gorra de plato llevándole servicial y en silencio a su lugar de hospedaje.

Una pequeña pantalla adosada al respaldo delantero comenzó a emitir unos gags grabados con una cámara oculta a gente corriente. Pertenecían a una serie inglesa que se difundía en muchos aviones, pero aquella grabación había sido pirateada del canal público oficial de Cataluña, como delataba el logotipo. H se extrañó de ver un símbolo de su lugar de origen en aquel remoto país, al otro lado del mundo. Deseó poder estar ya de vuelta para contárselo a alguien.

Pero en seguida quedó hipnotizado por lo que vio de este nuevo mundo que le rodeaba en su periplo desde el aeropuerto. Aquello tenía un aspecto mucho más sucio, miserable y pobretón de lo que había imaginado. ERA realmente el tercer mundo. El alquitrán agrietado de la carretera, los mantos polvorientos de los arcenes, las casas viejas con los combados techos de calamina, los cuatro trapos de los lugareños y sus llamativos colores… Entrecerrando los ojos, podía imaginarse que estaba en alguna ciudad africana, o india, en urbas más publicitadas como iconografía de la pobreza, en vez de en aquella capital americana…

El interior del coche le pareció ahora más lujoso. Las fundas de cuero eran nuevas y fragante, el cinturón de su asiento trasero encajaba cómodamente en su rojo cajetín y el cristal subido de su ventanilla, junto a todo lo demás, le procuraba una sensación de aislamiento de la realidad a la que estaba asistiendo: como si aquello que veía a través del vidrio fuera en realidad la proyección de un documental de denuncia para ciudadanos de primera, imágenes grabadas de algún punto de la Tierra que él jamás visitaría.

Pero aquí estaba.


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