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Todos somos Leopold Bloom. Una relectura del ‘Ulises’ [por Eduardo Lago]

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Todos somos Leopold Bloom. Una relectura del ‘Ulises’

Eduardo Lago

1. Un libro que es todos los libros

Hay libros en los que cabe la totalidad de la experiencia humana, libros cuya lectura nos explica lo que somos. Libros en los que caben todos los libros, el resto de los libros, los que están ya escritos y los que quedan por escribir, libros que cuando se cruzan en nuestro camino cambian el curso de nuestra vida. Cada uno de quienes se encuentran aquí en este momento tiene presente un canon personal ideal, consolidado para quienes tenemos detrás muchos años de lectura, a medio formar o empezando a hacerlo para los más jóvenes, un canon literario del que se es vagamente consciente, aunque si nos detuviéramos a pensar y formuláramos con nitidez la pregunta, veríamos surgir los títulos de esas cuantas novelas que en algún momento jugaron un papel importante, determinante tal vez, en nuestra vida. Dentro de esta experiencia marcada por el signo de la autenticidad, la aparición de unos autores y unas obras es algo que en buena medida viene determinado por el azar. Hagan el ejercicio ahora. Piensen por unos momentos en cuáles fueron esos dos, tres, cinco, tal vez más libros fundamentales que un día entraron en sus vidas para cambiarlas, y desde entonces forman parte de ellas, convirtiéndose para ustedes en un lugar al que regresar. O no. No busquen deliberadamente, dejen que el título o títulos irrumpan espontáneamente en la pantalla de la memoria. Las razones por las que una obra literaria determinada ocupa un lugar de relevancia permanente en nuestras vidas pueden ser de muy distinta índole, no se trata de una cuestión estricta de excelencia literaria, o no solo. En mi caso, la lectura que más me afectó jamás a nivel emocional, estético e intelectual, por ese orden, probablemente fuera Rojo y negro, de Stendhal. De manera si cabe más profunda, Ana Karénina cambió mi percepción del mundo y dibujó un mapa nuevo de mis sentimientosPodría seguir añadiendo títulos o autores que dejaron en mi sensibilidad literaria una huella que jamás se borraría. Entre los nombres de creadores cuyo descubrimiento cambió, a una edad muy temprana, las cosas para siempre figuran Kafka, Shakespeare, Cervantes, Faulkner, Conrad, Mann, Dostoievski, Pasternak, Homero. Ninguna obra ha calado en mí de manera tan honda como lo ha hecho y sigue haciéndolo En busca del tiempo perdido, un libro cuyo desarrollo circular propicia, después de la primera lectura, un recorrido que no tiene fin. Entre un volumen y otro puede darse una pausa de años, y al llegar al séptimo, El tiempo recobrado, se vuelve al principio mismo de la saga, como quien regresa a casa después de un largo viaje. A los libros importantes se regresa irremediablemente, como decían Faulkner y Dostoievski a propósito de Don Quijote. El primero de ellos afirmó que regresaba cada año al texto de Cervantes para ver qué cambios se habían producido en su propia alma. Con ser larga ya la lista que evoco, es mucho lo que se queda fuera, de manera irremediable, libros irrenunciables que en su día modificaron la estructura misma de mi sensibilidad: ¿Dónde quedan la grandeza sublime de Melville, el desgarramiento trágico de Bajo el volcán? Cada título es como una llamarada en la oscuridad y sólo evocarlos despierta una emoción extraordinariamente intensa, haciendo que brote el fuego líquido del lenguaje, un fuego que al apagarse, como en un proceso alquímico, se concreta en un paisaje anímico de colores nítidamente plasmados. Dentro de la selva de títulos de los que no me resulta posible desprenderme, hay uno al que como escritor siento la necesidad de regresar constantemente. O tal vez sería más exacto decir que jamás he salido de él, porque como creador lo que encuentro en él es inagotable. No sitúo necesariamente al Ulises de James Joyce por encima de ninguno de los libros que he nombrado. El Ulises se cruzó en mi camino cuando yo tenía 17 años y desde entonces no he dejado de volver a él.

¿Cómo hablar de un libro así? ¿A qué responde la fascinación que ejerce, sólo comparable a su legendaria dificultad? ¿Y esta dificultad es efectivamente tal? Que su autor lo veía así lo confirma una de sus aseveraciones más citadas: «La demanda que hago a mi lector es que dedique su vida entera a leer mi obra». Obviamente, no aconsejo a nadie hacer lo que, medio en broma medio en serio, dijo Joyce. El Ulises es como un gigantesco repositorio de recursos que su autor pone a disposición de quienes formamos parte de su gremio. Uno no ha de acercarse a él de manera servil, sino interesada, para hacerse con aquello que podamos después utilizar mejor. El mensaje está profundamente cargado de sentido, porque después de Joyce, la novela como género se transformaría para siempre. La lección que extrae el escritor joven que se acerca por primera vez al texto es que no es legítimo seguir escribiendo como lo hacía hasta entonces. Joyce transmite a quien se acerca a su libro un altísimo nivel de exigencia ética y estética. Ningún escritor joven es el mismo después de leer tan proteico texto. Hay otras formas de relacionarse con él. El Ulises pertenece a una singular categoría: la de los libros que expulsan al lector de sus dominios, que incluso no permiten su entrada. El elemento que supone la expulsión del paraíso es la dificultad. Hay libros que tienen a gala esta singular cualidad. Algunos de los que ocupan un lugar de particular relevancia en mi canon personal son Paradiso, de Lezama Lima, las obras mayores de Thomas Pynchon, o más recientemente, La broma infinita, de David Foster Wallace. El Ulises pertenece a un club verdaderamente singular: el de los libros que la gente afirma de manera enfática adorar y de hecho celebra sin haberlos leído. Es el caso, para millones de personas de todo el mundo, de Don Quijote, Hamlet o Simbad el marino. Son innumerables las personas que sueñan y sienten a través del cedazo narrativo de las Mil y una noches, sin haber leído más de unas cuantas páginas del libro, normalmente adaptadas a la sensibilidad infantil. En buena parte, la grandeza de Don Quijote, Hamlet o Simbad estriba en que sus personajes viven fuera de la página, en el mundo, y lo que son y representan nos afecta en él. Paradójicamente, la lectura de los libros de los que han salido podría tener como consecuencia una distorsión del arquetipo, la deformación o incluso destrucción del mito. En el caso del Ulises el personaje central está levemente desdibujado porque además de ser él mismo Leopold Bloom lo somos todos. El Ulises es la historia de un día en la vida de la ciudad de Dublín, el 16 de junio de 1904. El periplo se inicia a las 8 de la mañana frente a las aguas de Sandycove, a las afueras de Dublín, y concluye en las primeras horas de la madrugada del día 17, en la alcoba de Molly Bloom, la esposa infiel de Leopold. Cada 16 de junio, desde 1954, se celebra el día de Bloom en muchas partes del planeta, pero el centro de las celebraciones, como cabe suponer, es la ciudad de Dublín. 

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Eduardo Lago (Madrid, 1954) es escritor, traductor y crítico, además de miembro fundador de la Orden del Finnegans. Vive en Nueva York desde hace 25 años. Doctor en Literatura por la Universidad de Nueva York y profesor en el Sarah Lawrence College, entre 2006 y 2011 fue director del Instituto Cervantes de esa ciudad. Ganó el premio de crítica literaria Bartolomé March por El íncubo de lo imposible, un análisis comparativo de las traducciones al español del Ulises de Joyce. En 2006 ganó el premio Nadal con su novela Llámame Brooklyn, que también se hizo con el premio de la Crítica. Es también autor de Ladrón de mapas y Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee. En FronteraD ha publicado La cuestión del realismo y Nunca las volveremos a ver.

Este fragmento es uno de los textos que compila el volumen Segundaantolojía (Los libros de fronterad, 2017). Lo puedes encontrar —o encargarlo, s08i en ese momento no lo tienen— en la generosa red de librerías con las que trabajamos.

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