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El último Pasolini [Por Javier González-Cotta]

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Un volumen recoge la última conferencia que ofreció el cineasta y escritor italiano, días antes de su turbio asesinato en la playa de Ostia

Javier González-Cotta

 

Tras la posguerra, en la Italia que sigue al llamado miracolo económico, Pasolini fue siempre la china en el zapato, el abejorro que zumbaba alrededor del discurso proforma que adoptaron -cada una a su modo- tanto la siniestra Democracia Cristiana como la fuerza bruta del PCI.

El 21 de octubre de 1975 Pier Paolo Pasolini acudió invitado a unas jornadas en el instituto Giuseppe Palmieri de Lecce sobre culturas y lenguas minoritarias. Un escritor de novela negra diría que el polemista Pasolini olía ya a cadáver. Sólo unos días después de aquel acto resultó turbiamente asesinado en la playa romana de Ostia. Del crimen fue acusado Giuseppe Pelosi, alias «la Rana», un chapero y delincuente habituado a la trena.

En una primera versión, Pelosi confesó haber sido el homicida. Pero muchos años más tarde, ya en 2005, alteró su testimonio. Corroboró que había practicado sexo con Pasolini, homosexual escandaloso en su tiempo. Pero acusó a unos terceros desconocidos de la brutal paliza que dejaría al intelectual marxista convertido en una piltrafa (recuérdese la película reciente de Abel Ferrara sobre los últimos días de Pasolini). Si fue un crimen de libro propio de la peor ralea o un cebo auspiciado por el Estado profundo, esto nunca se sabrá. Si nos detenemos en tal pormenor es porque este mismo verano ha fallecido Pelosi, enfermo de cáncer. Nunca, pues, se sabrá la pura verdad sobre quiénes intervinieron en el crimen más allá de la Rana, aquel pobre bala perdida.

Vulgar lengua, el volumen que aquí comentamos, viene a ser la transcripción de aquella jornada de debate transcurrida en el citado instituto de Lecce. Lo que de inicio nos parecería un coloquio indigesto y sólo apto para lingüistas o versados, acaba convirtiéndose en un auténtico opúsculo sobre el pensamiento del irredento Pasolini. Puro Pasolini, digámoslo así.

Conviene recordar que en 1975 Italia sufría sus años de plomo por causa del terrorismo, el extremismo político y la sombra del Estado cloacal. Pero a ojos de Pasolini, de forma silente, lo que en Italia se había consumado era un holocausto cultural. El consumismo, última gran revolución del capitalismo, lo había fagocitado todo. A la liquidación existencial habían contribuido también la televisión, los mass media y la escuela, que propiciaron «una aculturación, una centralización que ningún gobierno que se declarara centralista había conseguido jamás». Para Pasolini, la auténtica unificación italiana no se debió a aquella aventura nacional mitificada por los camisas rojas de Garibaldi. Italia había sido unificada bajo la hipnosis del consumo de masas.

Por todo ello, al hilo del debate en Lecce, Pasolini defiende que el actual idioma italiano ha supuesto, entre otras cosas, el triunfo del lenguaje burgués, tecnificado, que se impone sobre una sociedad alienada ya por la homologación. La pérdida del dialecto en el habla popular (romano, siciliano, friulano) es la consecuencia de esta brutal estafa consentida. Bajo el discurso lo que aflora no es sólo una tesis de crítica lingüística, sino la postura insobornable, la opinión a menudo radical del gran heterodoxo que fue Pasolini (en su brillante prólogo Salvador Cobo habla de «herejía antimoderna desesperada»).

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