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¿Qué es una librería feminista? ¿Podemos permitirnos ser un poco cabronas las unas con las otras?

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Para contaros lo que os quiero contar os voy primero a contar* otra conversación telefónica de las que te dejan patidifusa, digamos, que es una palabra rebonita, no me digáis que no. Hoy el editorial va de libros y de mujeres y feminismo, como si fueran cosas distintas, cuando aquí se confunden, y de librerías, claro, lo dice todo el título y esta vez —y sin que sirva de precedente, no prometo nada— es cierto: ¿qué es o cómo tiene que ser una librería feminista?

Como ocurre, volviendo a la llamada telefónica, que esta vez nos escuchó, entre la sorpresa, el pasmo y el estupor, según iba reflejando su cara, de manera ora consecutiva ora simultánea, todo Lucía, compañera de batallas librerantes, quien se había por fin, una vez hubimos hecho qué sé yo la de paquetes de libros*, sentado a mi mesa, no podré mentir —que es algo que, por otro lado, no hago nunca, sobre todo, por chulería: solo mienten quienes no son capaces de encontrar otro modo. Ahí queda eso—.

La conversación, sin más preámbulos, tal cual, fue como sigue:

—Fulanita*, qué tal, soy Raquel Blanco, de Librerantes —me presento, toda entusiasmada, como le iba a hablar de una de mis niñas bonitas, Cuaderno del Prado. Dibujos, notas y apuntes de una ilustradora en el Museo.

—Ah, hola —esto no sé si sale, si lo pongo así; es el tono que ponemos cuando cogemos el teléfono esperando a cualquier otra persona en el mundo menos a la pelmaza que te llama; tono al que no echo cuentas porque yo he venido a hablar de mi libro, y sigo, entonces, como si nada.

—Pues, verás, te llamo porque tengo un libro precioso, que además estamos vendiendo muy bien, todo él hecho por mujeres: la autora, la editora… (obvié añadir, me pareció que no era necesario reforzar el carácter femenino del libro, «distribuido en exclusiva por una mujer»): Cuaderno del Prado. Dibujos, notas y apuntes de una ilustradora en el Museo del Prado.

—Uff, el Museo del Prado. El Museo del Prado se porta fatal con las mujeres. No lo quiero —y no voy a decir que colgó. Lo que ocurrió fue que me dejó sin palabras.

Todavía con la sonrisa que me suelo poner para hablar de los libros que de verdad me entusiasman, que ya había mudado, claro, a cara de gilipollas, miré a Lucía, que había abierto esos ojos enormes que tiene todo lo que esos ojos enormes que tiene pueden abrirse y un puntito más, como lo había escuchado todo, decía, ahí sentada, asistiendo a una de esas odiosas, por amargas, lecciones que te da la vida de vez en cuando: una mujer puede ser tan nociva para otras como un hombre. Esto es así. No especialmente nociva, como nos vemos obligadas a escuchar cuando nos portamos de manera insolidaria unas con otras. Pero sí igual de nocivas y malas. Es triste, es lamentable, también es irritante, desespera, etc. Pero es. No reconocerlo no es más que negar la realidad.

Ha sido la única vez que una librería ha rechazado de plano, tras hablar conmigo, oír qué es, cómo está hecho, el tener este libro en sus estantes.

Vale. No es un libro que lleve la etiqueta «soy feminista». Solo es un libro hecho por mujeres. Un libro cuyos beneficios, caso de que los haya, enriquecerán a mujeres. Yo no sé a vosotras, pero a mí este es el feminismo que me interesa, el que me importa, el que practico: si me encuentro algo bueno hecho por mujeres, y como sé que no ha sido fácil, que no lo es, echo el resto, con todo el equipo. Lo hago con libros y proyectos de hombres, cómo no lo voy a hacer con nuestras cosas, con las de las mujeres, cuando sé lo que cuesta, cuando sé de esa carga adicional que llevamos todas y cada una de nosotras a nuestras espaldas, día sí, día también. ¿Tengo que explicarlo?

La única librería que ha rechazado de plano este libro, tras conocer —fue ese único argumento el que usé para su venta en esta ocasión— que había sido ideado, hecho, producido, distribuido por mujeres, ha sido una librería que se autodenomina feminista. Y seguramente lo sea. Feminismos hay tantos, hay tantas formas de entenderlo. Es solo que.

Las mujeres, las feministas, y es que esto tratándose de hombres no hace falta explicarlo, se da por hecho, podemos no estar de acuerdo. Es decir, quiero decir, que Pablo Iglesis e Íñigo Errejón pueden ejercer de lo suyo cada uno, defender posturas encontradas, formas muy diferentes de hacer las cosas, y a nadie se le ocurre espetarles: «Ay, qué mal os lleváis entre vosotros los hombres, luego decís».

No hace mucho, en el facebook, alguien me llamó subnormal porque encontré y enfrenté dos tweets: uno era una frase de Carmen Martín Gaite, donde decía que estaba deseando que llegara la noche, se acostaran por fin los niños, el marido, etc., para ponerse a escribir. El otro, de Belén Bermejo, que no entendía por qué el foco tenía que ponerse, en relación a la legislación sobre conciliación familiar, en las madres, en darles una especial protección, «¿es que las  demás no tenemos que conciliar?», se preguntaba. Encontré y enfrenté ambas reflexiones porque no me gusta, nada,  encontrarme con esta falta de solidaridad por parte de mujeres con las mujeres que además somos madres. Luego nos solidarizamos, eso sí, con causas a cuál más peregrina, decía, guerras que nos quedan lejos, los garrulones del cine intentando meter mano a mujeres a las que solo se la podrían meter desde esa posición de poder, etc. Ahora bien, cuando se trata de la mujer de al lado, de la madre, de la editora a la que le han costado los ahorros de su vida ese libro, de la distribuidora de libros que no salen en el Babelia, la cosa cambia. Pues qué pena, ¿no?

Y que no podamos discrepar sin que se nos llame algo como subnormal. Aquí mi voto por poder no estar de acuerdo con otra mujer sin que se cuestione la normalidad de mi intelecto.

Dicho todo lo cual, no desde el enfado, sí desde la tristeza: procurad ser más solidarias. Que de verdad que sienta bien, y nos lo merecemos, todas. Hasta esta librera, que es verdad que pinta rancia y estirada… pero a saber, a saber por qué ha acabado comportándose así en su día a día.

Y voy a acabar con un libro que me he dejado loca (también de alegría*, porque es de nuestro fondo), cuyo autor tuvo que ver con una mujer muy especial, Sophie Calle. De hecho, en el libro cuenta cómo la conoció, en una de esas fiestas de cumpleaños que se organizaba para sí y para contar o exponer, mejor, luego cosas… Se trata de Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, de Grégoire Bouillier. Novedad de Hurtado&Ortega; nos llega el lunes, lo iremos enviando a librerías estas semanas. He tenido la oportunidad de leer el texto antes de que salga en papel. Y digo oportunidad como eufemismo, por no acordarme de todos los ancestros de los editores, que me enviaron el pdf en vez de una copia en papel como las que le hace llegar a Concha Quirós, librera, Elena Rari, editora; es decir, en papel, jolín, en papel.

Es una locura lo de este hombre, digo, Bouillier. Su primer libro apareció cuando ya tenía 42 años, Informe sobre mi persona, que es la primera de las tres partes de que consta el nuestro, el de Hurtado&Ortega.

«Y lleva usted razón, le dije, lo importante no es decirlo todo, sino no dejarse nada en el tintero y, a mi entender, sólo hay una cosa apasionante y a fin de cuentas peligrosa, y es enfrentarse a lo que ha ocurrido sabiendo que ha ocurrido».

Buscad el resto, que ya me he cansado de escribir.

Poco más hoy, salvo que ha salido el sol, espectacular; tiene toda la pinta de que va a ser un gran y feminista día. Porque sí, vivo en el mundo, sé lo arriesgado que es escribir como yo lo hago. Va por vosotras. Y por mí.


*La fotografía que sale destacada en la home la he tomado prestada de un artículo de El país. La autora es Ana Torralba. Es Carmen Martín Gaite, claro.

**Quiero también volver a agradecer, desde Librerantes, como la Chérif que soy, al Museo del Prado, y a la librería Laie, el trato, el apoyo. Porque así da gusto.

***Edito el título tras hablar con una de las editoras Librerantes, que me ha hecho ver lo desacertado del término que había utilizado. Gracias, maja.

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