Una vida sin ti

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A veces los deseos se cumplen. Desde que los ojos de Jean Rhys me llamaron desde el fondo de un cajón de libros de saldo –estaban en la portada de su biografía, publicada por Grijalbo- quise saberlo todo sobre ella y, tras leer Ancho mar de los sargazos, leer todo lo que ella pudiera haber escrito. Hasta hice que me consiguieran un ejemplar descatalogado de Los tigres son más hermosos. Así que cuando supe que Lumen editaba en un solo volumen sus cuatro novelas de antes de la guerra no pude menos que saltar de alegría y comprarlo. Tan emocionado estaba que tardé bastante en abrirlo, temeroso de decepcionarme. No ha sido así.

Lumen ha decidido ordenar las novelas no por su orden de publicación, sino por su orden según la biografía de la autora. A mí me parece discutible. A pesar de la gran carga autobiográfica que tiene la obra de Rhys, ordenar las novelas con un criterio biográfico no aporta nada a su lectura. Sin embargo, seguir la cronología de publicación nos permite ver cómo crece la escritora Jean Rhys, desde sus balbuceos en Cuarteto al espléndido dominio de Buenos días, medianoche. Y, por el camino, observar la trascendental decisión de cambiar el narrador en tercera persona por el narrador en primera persona.

Cuarteto es la narración, sin apenas adorno, de la relación a tres entre Rhys, Ford Madox Ford y su esposa, en el París de entre guerras, cuando Jean Lenglet, primer marido de Rhys, estafador y contrabandista de arte, es encarcelado. Desamparada, Jean buscó refugio en Ford, su descubridor, y su esposa vio la oportunidad y las posibilidades creativas que le daría a Ford tomar una amante. Lo irónico resultó ser que el lado más débil del triángulo fue el que aprovechó la situación para escribir una novela.

Es una novela de principiante, a ratos torpe  con errores derivados precisamente de cuando su autora quiere mostrarse como novelista. Es el extraño desapego del tono, su falta de juicio moral, lo que le da interés. Y un detalle: siendo una narración autobiográfica y casi literal, la autora rechaza la primera persona del singular, la más tentadora y la más difícil y escoge la tercera del singular, la más convencional de todas, pero que la ayuda a desdoblarse y observar lo que pasa desde fuera. Eso destaca sobre todo en la ambigüedad con la que observa y cuenta a la esposa de Ford.

La novela, escrita en París, se publicó en Inglaterra y sirvió para que Jean conociese a Leslie Tilden Smith, primero su agente literario y después su marido. Tilden Smith fue fundamental en los siguientes diez años de la vida y de la obra de Jean: procuró que tuviera estabilidad para escribir, era el primer lector de sus manuscritos, los mecanografiaba y negociaba su publicación. Las tres siguientes novelas las escribiría Rhys en esa década, justo antes de la Segunda Guerra Mundial.

La segunda novela, Después de dejar al señor McKenzie, parece el intento de ser una novelista profesional. No es en absoluto una mala novela, pero podría haberla escrito cualquiera. No tiene la torpe frescura de Cuarteto ni la viva rareza de las otras dos. Sólo el tema es de nuevo peculiar: nos habla, sin juicios morales de ningún tipo, de Julia Martin, una inglesa ya no joven, aficionada al alcohol, que vive en París y acaba de dejar al señor McKenzie, su último amante. Sobrevive, casi en exclusiva, de dar sablazos. Conoce a un joven inglés por el que vuelve a Londres, con la esperanza de sacarle algún dinero. Y una vez en Londres no duda en visitar a su familia por si pudiese caer también alguna suma. Al final, dejamos a Julia Martin en París, coincidiendo en un café con el señor McKenzie, al fin y al cabo un pobre diablo. Aquí el narrador sigue contando en tercera persona del singular. Será la última vez.

Viaje en la oscuridad es la primera novela en la que resuena la voz de Jean Rhys; además narra un hecho fundamental en su vida: haber sido la joven amante de un joven león de la City que la abandona sin saber que está embarazada. Y sí, la voz narrativa utiliza la primera persona del singular. Anne Morgan es corista de una compañía de tercera que representa vodeviles por las ciudades del norte de Inglaterra, descritas de manera magistral por Rhys. En una de ellas, Anne y su amiga conocen a dos caballeros que las siguen por la calle. El más guapo de ellos le compra unas medias a Anne. Acabada la gira, de vuelta a Londres, lo buscará y se convertirá en su amante. Hay un cuento de Rhys, Hasta septiembre, Petronella que ya toca el tema de las jóvenes mantenidas por sutiles chicos de Oxford que se rebelan contra la sociedad los fines de semana. Cuando Anne se convierte en un peligro para la carrera de su amante y para su intachable vida burguesa la abandona y, cuando ella descubre que está embarazada y se lo dice, envía a su atildado primo para que lo solucione. Podría ser un melodrama, pero le sobra estilo: descripciones milagrosas y las agudas observaciones de una escritora del todo original. Una novela corta perfecta aunque al final se resiente. No por culpa de Rhys: le obligaron a cambiarlo porque era demasiado crudo para la época y ella no supo, o no quiso, buscar otro.

Cierra el volumen Buenos días, medianoche, donde ya se despliega todo el talento de Jean Rhys. Propongo un ejercicio para entender la diferencia entre escribir bien y el arte de escribir: leer en paralelo Después de dejar al señor McKenzie y Buenos días, medianoche. Las dos protagonistas son maduras y aficionadas al alcohol, viven de lo que disponen los extraños, se suceden las habitaciones tronadas de hoteles sórdidos, las caseras suspicaces y malcaradas, pero es el discurso, el estilo, lo que separa una de la otra. Y la primera persona del singular. En Buenos días, medianoche, la protagonista, Mona, nos cuenta desde su habitación lo que parece ser su última visita a París, recordando, además, otros episodios de su vida. Lo hace a ratos con humor, a ratos con amargura y sin indulgencia ninguna, logrando un relato conmovedor y fascinante, con fogonazos autobiográficos como el hijo muerto o el abandono del marido. Es una voz de mujer explicándose a sí misma y suena nueva, incluso hoy.

Casi de inmediato Rhys se embarcó en un proyecto fascinante: escribir una precuela de Jane Eyre, darle voz a la esposa loca muerta en el incendio, nacida en Dominica, como ella. Pero en un arrebato, quemó el primer manuscrito. Después, la guerra, la muerte de su marido, el alcohol y otras desgracias de la vida silenciaron su voz durante casi treinta años. Siempre es bueno volver a escucharla.

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